miércoles 18 de febrero de 2009



Duro despertar

Lucía abre lentamente los ojos y mueve ligeramente la cabeza, de un lado a otro. “¿Donde estoy?”, se pregunta. El cansancio hace que vuelva a quedar inconsciente.

Al día siguiente, Lucía despierta. La última imagen en su mente es la del vidrio rompiéndose y ella estrellándose contra el suelo. Su mano derecha ondea suavemente sobre la superficie del agua. Sus ojos examinan la habitación, buscan algún indicio que le aclare lo sucedido. Comienza a mover su cuerpo de un lado a otro, la tina constriñe su cuerpo, es como si la hubieran acomodado con la única intención de sumergirla. Apoyándose en sus brazos, se eleva lo suficiente como para estirar su cola.

Unos pasos se acercan. Ella se endereza, su respiración se agita, apoya ambas manos en el borde de cara a la puerta. “Quien sea, esta vez no les será tan fácil”, murmura entre dientes. La puerta se abre. Lucía salta. El hombre intenta esquivarla, pero ella logra hacerlo caer de un coletazo. De espaldas intenta enderezarse. Ella se arrastra sobre él y lo coge de la camisa.

- ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

- Tranquila, ya estas a salvo -contesta él, aún aturdido por la caída-.

- ¿A salvo? ¿Quién eres tú para decir que estoy a salvo? ¿Nadie verdad?

- ¿Que pasa contigo? Si no te hubiera rescatado de esos cirqueros estarías encerrada en ese tanque. Yo soy el único que se dio cuenta de lo que sucedía.

- Y seguro crees que has hecho lo mejor para mi y que ahora contigo toda mi vida va a cambiar, ¿no?

- No se si cambiar, pero definitivamente es mejor estar en libertad que aprisionada en...

- ¿Y que vas a hacer ahora? Mantenerme eternamente en la tina o “regresarme al mar”, porque supongo que habrás pensado en eso.

- Eso no lo se aún, no lo he pensado. Supongo que regresarte al mar porque veo que no estas muy contenta estando acá.

- ¡Ja!, ¿y que se supone que voy a hacer en el mar?

- No te entiendo. ¿Acaso tu hogar no es el mar? ¿Vivías feliz encerrada?

- ¿Feliz en una pecera?

- Entonces el mar...

- ¿Mi hogar? ¿Quien te ha dicho que es mi hogar?

- Bueno, yo pensaba que...

- Que soy un pez y que mi lugar esta con todos los demás peces, ¿no?

- ¿Entonces que? Dices no al tanque, no a la tina, no al mar. ¿Que es lo que quieres?

- Algo que tú no puedes darme –dice ella, soltándolo y haciéndose a un lado-.

- Yo solo quería ayudarte –dice él, ya sentado-.

- Querías salvar a la pobre y triste sirena, atrapada por unos hombres malvados.

- Algo así.

- ¿Acaso pensaste que con eso te iba a estar agradecida eternamente y que me iba a poner a tus pies?

- No a mis pies pero...

- ¿Creíste que ibas a ser mi héroe, mi salvador?

- Mira, yo solo quería ayudarte. Cuando te vi dando vueltas en ese tanque, sentí que era mi deber. Todos los demás pensaban que era un engaño, pero algo en mi me decía que no. Te seguí por varios días. Me di cuenta de que eras real. Quede fascinado y a la vez molesto. Tu melancolía junto con todo lo demás me impulsaron a hacer lo que hice. Quería darte la opción para que escojas tu destino y nada más.

Luego de un breve silencio.

- ¿Sabes cuantas veces he escuchado eso?

- Supongo que ya muchas.

- - -

En esa época vivía en un pueblo alejado, casi perdido entre las montañas. En el centro se desarrollaba casi toda la vida del pueblo, pero la mayoría de gente vivía en los alrededores, en cabañas. Tenía 27 años y mi secreto había permanecido bien guardado, nadie lo sabía. Era maestra de historia en una escuela primaria. Me dedicaba totalmente a mis alumnos, siempre me habían gustado los niños. Así que ese trabajo era un sueño hecho realidad. Hablaba con ellos, les contaba cuentos, los acompañaba en paseos... todo fue perfecto durante unos años.

Mi tiempo se repartía entre la escuela, mi cola y algún que otro evento. Todas las mañanas me levantaba temprano para llegar antes que los niños. Y permanecía ahí hasta la tarde, revisando tareas, exámenes... todo lo referido a las clases.
A la salida me dirigía a casa, pero en el camino uno siempre se cruzaba con alguien y muchas veces el trayecto se alargaba y alargaba. Las distancias no eran muy grandes así que caminar de ida y vuelta era lo usual. No contaba con muchos amigos y menos novio, no me atrevía a involucrarme con alguien. Las noches las pasaba en la bañera y de vez en cuando en el lago.

Había aprendido a ser muy disciplinada con mis asuntos, en especial con el amuleto, sin el mi vida no podría haber sido lo que fue y me aseguraba de que recuperara todo su poder durante la noche. De día tenía que usar unas medias impermeables, de las cuales también me encargaba cada noche cerciorándome que no tuvieran algún tipo de filtración.

Pero a veces no basta la disciplina ni las precauciones. Lo que sucedió solo lo puedo explicar por una cadena de infortunadas coincidencias.



Todo empezó un viernes por la tarde.

Para poder permanecer en forma humana por más de dos horas necesito de un amuleto especial, el cual siempre llevaba conmigo. Esa tarde fui al lago para pasar la noche allí pero al llegar me encontré con un niño que jugaba en la orilla por lo que decidí esperar hasta que se fuera y así poder actuar con tranquilidad.

Por un rato estuve sentada leyendo hasta que escuché los gritos del niño, había caído al lago y al parecer no sabia nadar. No había gente cerca y yo era la única que podía socorrerlo. No sabia que hacer y debía decidir pronto. Decidí lanzarme, empujarlo fuera del agua e irme inmediatamente.

Me quite medias, zapatos y me lance al agua, mientras lo llevaba hacia la orilla el forcejeaba, sin entender que pasaba yo seguí jalándolo, pronto comenzó a acercarse un grupo de gente. Era su familia, y rápidamente entendí lo que pasaba. El niño estaba haciendo una broma para atraer la atención de sus padres y además era el hermano de uno de mis alumnos. Lo solté antes de llegar a la orilla intentando evitar que vieran mi cara pero ya era tarde. Me sumergí para evitar contestar preguntas y permanecí en el fondo del lago por una hora esperando que se marcharan.

Para esa hora ya había oscurecido, así que decidí salir de mi escondite y emerger a la superficie pero mientras subía veía una serie de luces alrededor y dentro del lago. Me quite el vestido y la demás ropa para no llamar la atención, dejando todo en una grieta. Se veían unos buzos a lo lejos y botes dando vueltas. Con cuidado salí junto a un bote para saber que sucedía. Al parecen buscaban a alguien pero solo un rato después me di cuenta que me buscaban a mi.

La mayor parte del lago estaba rodeada los botes daban vueltas por la superficie y los buzos estaban revisando el fondo. Recién en ese momento me di cuenta de que había perdido mi amuleto.

La situación era muy peligrosa para mi, así que decidí regresar al fondo para pensar en como salir del problema. El apuro me hizo cometer otro error y en vez de sumergirme discretamente lo hice zambulléndome con el impulso de mi cola, lo que fue bastante sonoro. En segundos las luces empezaron a dirigirse hacia mí. Fui por mi ropa pero no tuve tiempo y la solté en el agua. Nunca antes había tenido tanto miedo. Era como si me estuvieran cazando. Nade lo más que pude hasta que llegue a un lugar tranquilo.

La única forma de estar a salvo era salir del agua y aprovechar la oscuridad de la noche para llegar a mi casa.

Con cierta dificultad me arrastre fuera del agua, sentándome en la orilla en un área pedregosa. Necesitaba algo con que secarme pero no veía nada alrededor. Estaba exhausta y decidí recostarme a esperar que la humedad de mi cola desaparezca.

Una voz detrás de mí me sorprendió.

- Así que aquí estabas

Me enderecé e intente regresar al agua pero sus manos me detuvieron. Era Carlos, un chico del pueblo. Comenzó a hablarme pero yo no lo escuchaba hasta q poco a poco le tome atención.

- Cálmate, estas a salvo conmigo.

Me di cuenta que estaba desnuda e intente taparme sin lograrlo. Él se ofreció a ayudarme. Me cargaría para sacarme de allí en vista que era peligroso para mi y yo accedí.

Mientras íbamos por el bosque los nervios me invadían pero él constantemente me calmaba y aprovechaba para mandarme algún halago. Todo eso hizo que me sitiera en confianza.

El me llevo a una cabaña explicándome que ir a mi casa en este momento también era peligroso. A esto también le hice caso, accedí a quedarme.

Al llegar me dejo sobre un sillón y me dio una camiseta para ponerme. La conversación continuó por largo rato y él comenzó a hacerme una serie de preguntas que yo le contesté con total sinceridad y sin ocultar nada. Me sentía muy bien en poder contar todos mis secretos sin sentir temor ni reserva, incluso lo del amuleto.

La noche pasó y por la mañana regresé a mi casa. Por todo lo sucedido el día anterior tuve que contestar muchas preguntas y atender muchas llamadas. Eso duró un par de días y de allí todo regreso a la normalidad o casi. Me excusé en la escuela por la semana siguiente. Me era imposible ir a dar clase, las piernas no me duraban lo suficiente. Una vez más Carlos se ofreció ayudarme. Él buscó el amuleto, lo encontró y tomo el control del mismo. Nunca mas volví a estar en paz.

Mi vida se volvió horrible, me había convertido en su esclava. Lo peor es que cada vez se volvía más descuidado. Intenté alejarme una y otra vez pero era imposible. Debía ceder cada vez que él lo quisiera y sin poder poner resistencia. Creo que le gustaba verme en angustia. Una vez hizo que me transformara en medio del jardín del colegio para luego dejarme allí por unas horas tan sólo protegida por una larga falda. En ese momento lo odié como nunca, yo era como su juguete o algo así.

Decidí terminar con todo de una vez por todas e hice un plan para recuperar el amuleto. Siempre lo llevaba consigo así que tenia que idear una buena forma de distraerlo. Busqué a Luisa en vista que sabía que a ella le gustaba Carlos, planeé todo perfectamente, hice que se conocieran y luego arreglé una cita tras otra. Mientras ellos se distraían mutuamente yo buscaba el momento para tomar lo que era mío.

Todo fue perfecto, los seguí todo el tiempo. Un día luego de la cena fueron a la casa de Luisa y como me esperaba ella accedió acostarse con él. Entrar a la casa no fue difícil, me escabullí y logré acercarme a la habitación desde donde se escuchaban voces y gemidos, observé desde la oscuridad del pasadizo, aun llevaba el amuleto en su cuello.

Mientras tenían sexo Luisa jugaba con el amuleto, en un momento ella se lo quitó y quedó colgando de su mano.

Era mi oportunidad, tenia que ir por él. Ambos estaban exhaustos así que me deslicé por el piso lentamente hasta estar junto a la cama, estiré la mano para alcanzarlo y de pronto una mano fuerte sujeto mi brazo, era Carlos. Intenté forcejear pero ya el había cogido el amuleto con la otra mano, en medio de todo esto Luisa se levantó sin saber que sucedía. Yo le reclamaba a Carlos por el amuleto, él sólo escuchaba y me veía con un gesto de burla.

En un momento me quede callada y el comenzó a hablar dirigiéndose a Luisa.

- Tu eres profesora de biología no?
- Si pero que demonios tiene que ver eso en este momento, mas bien explícame q..
- Entonces te mostrare algo muy interesante

Me quedé congelada en ese momento, muchas cosas pasaron por mi cabeza pero no podía creer que fuera capaz...

La transformación empezó junto a la puerta, intente sostenerme de la manija pero ya no había escapatoria. Mis piernas se fueron uniendo y mis pies fueron cambiando, la resistencia que mantenía solo logró darme dolor. En minutos yacía en el suelo ante la mirada incrédula de Luisa y la risa de Carlos.

Todo el plan fue un error. Ellos se llevaban mejor de lo que yo creía, ambos se unieron y decidieron hacer algo conmigo. Para él yo era una mascota para ella un espécimen. Me metieron en un tanque y permanecí allí desnuda y sola durante varios días.

A cada paso yo veía cómo mi vida iba siendo alterada por este problema pero con esto no sabía si es que podría continuar con ella.

Un día por la tarde entraron ellos seguidos por un par de hombres. Me exhibían como un simple animal, hablaban de cifras y otras cosas referidas a que hacer conmigo. Me sentía absolutamente impotente.

A la mañana siguiente entró uno de esos hombres, subió al andamio junto al tanque e intento sacarme. Yo resistí todo lo que pude hasta que él desistió, se fue y pensé por un momento que había obtenido una pequeña victoria. Eso no duró demasiado, minutos después volvió a entrar, ahora con un martillo en su mano.

Mi desconcierto era total. ¿Qué pretendía hacer aquel individuo? La respuesta llegó en forma de un fuerte golpe contra el tanque, para mi sorpresa éste resistió ese y unos golpes mas. Poco a poco apareció una grieta seguida de otras y el tanque sencillamente se resquebrajó.

Yo rodé por el suelo, hasta ese momento me mantuve ilesa. Cuando él intento sujetarme nuevamente luché, en el forcejeo se habían clavado en mi cola varias astillas de vidrio, que me causaban gran dolor.

Fui llevada en coche de un lado a otro. Por largo tiempo había pasado de mano en mano muchas veces, en circunstancias pacificas unas, violentas otras. Algunos me prometían libertad y otros solo me decían cosas asquerosas. Con el paso del tiempo estas idas y venidas dejaban su lacerante huella en mi. Me encontraba lastimada, mal alimentada y sucia.

En un momento fui lanzada en una cisterna llena de agua empozada donde permanecí abandonada por varios días. Sumergirse hubiera sido mortal para mi pero tampoco contaba con fuerzas suficientes como para salir y transformarme, creo que en ese momento sólo esperaba morir.

Esta vez una pareja se presentó al borde de tal miserable encierro. Yo sólo abrí un ojo para cerrarlo casi de inmediato sin siquiera esperar mas.

Al siguiente día amanecí tendida en una cama, con vendas cubriendo mis rasguños y vestida con una linda bata. Ellos me cuidaron, me alimentaron y me informaron de cómo había terminado con ellos. Con el tiempo fui enterándome de más cosas. Me di cuenta que mi vida pasada estaba totalmente destruida, que jamás podría regresar a ella.

Tuve que escoger, vivir buscando un pasado ya inexistente o quedarme a vivir con la pareja que me recogió. Me decidí por la última opción, así viví por años con ellos, fueron años felices.

Ellos no eran jóvenes y un día sucedió lo que más temía, ella murió. Él anciano cayó en una terrible depresión y yo intentaba consolarlo pero no fue suficiente. Meses después el también se fue.

Con 31 años encima me era difícil decidir qué hacer con mi vida. Me encontraba limitada para hacer muchas cosas por obvias razones. Además de la remota posibilidad de encontrarme con el actual poseedor del amuleto, por un tiempo anduve de aquí a allá gastando lo que buenamente me habían heredado mis benefactores.

Estuve así hasta que encontré el circo. Me acogieron y con el tiempo me volví parte de la familia. Desde hace 7 años que me dedico a presentarme en público haciendo piruetas en el agua.

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- Nuevamente te pregunto ¿me has salvado?

Él quedo callado, tan solo agachó la cabeza.

Al día siguiente Lucía es regresada al circo. Miguel, el joven que la rescató, la visita constantemente y poco a poco se vuelve parte del circo. Ambos mantienen una gran amistad y quien sabe si algo mas sucederá en el futuro.


FIN
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lunes 26 de enero de 2009



Sueños ardientes



Agobiante calor que acariciaba el cuerpo de Lorena, diminutas perlas de sudor decoraban su espalda, sus pechos. Su silueta desnuda, entregada por completo al roce de las sábanas, se movía ansiosa ante aquella mano atrevida que osaba tocar su humedad descaradamente.
Los gemidos se escapaban de sus labios sin control, aquella penetración sublime llenaba su vacío y saciaba su hambre, que delicia sentirse ultrajada por aquel desconocido, sabio maestro de la lujuria que la alzaba hacia un paraíso hasta entonces desconocido.
Cuando el semen se derramó dentro de ella en el explosivo orgasmo de su amante, Lorena despertó sobresaltada. Observó a su marido quien dormía a su lado plácidamente, por completo ignorante de los placeres que su mujer acababa de experimentar. Aún turbada, Lorena decidió entregarse a los besos del sueño nuevamente.
Por la mañana se sintió incómoda de ver a su esposo a los ojos, así que se limitó a brindarle un ligero beso en la mejilla y corrió hacia el encuentro con su mejor amiga.




- Te digo que parecía real. Las caricias, los susurros, el toque de sus manos. Se deslizaba por mi cuerpo como si conociera cada centímetro de piel.
- Yo también quiero esos sueños… jajaja. Y dices que no era Joaquín.
- No, definitivamente no se parecía a él en nada.
- ¿Tampoco le viste el rostro?
- No.
- Y ¿se lo piensas decir a Joaquín?
- De ninguna manera. Ya es bastante conque nos veamos solo unas horas a la semana como para decirle que ando soñando con otro.
- Y me dices que despertaste agotada...
- Sí, fue tan intenso, aún estoy extenuada, como si hubiésemos hecho el amor por horas y horas.
- Mmm… quizá todo es producto del stress.
- Quizá. No voy a negar que el sueño me gustó, ¡me encantó! Pero no quiero que algo así complique la relación con Joaquín.
- Tranquilízate, solo fue un sueño. No le des tanta importancia- dijo Margarita, dándole un largo sorbo a su café amargo.



Joaquín descansaba junto a su mujer, ambos habían tenido un día agotador y cayeron rendidos a la cama. Unos minutos después de que sus párpados escaparon de las penumbras de la habitación, Joaquín se dejó llevar por el mundo del inconciente.

- ¿Dónde estoy?- preguntó Joaquín, sabiéndose preso de una inquietante oscuridad
- Shhh...- suspiró Gabriela.

La dueña de aquella voz susurrante se acercó con un andar descuidado, un tanto pueril, dando dulces besos al aire, deletreando palabras silenciosas con sus carnosos labios, agitando su larga cabellera con el suave vaivén de su sensual cuello. La suavidad de su piel, el ronroneo de gata en celo y su rostro eran imposibles de olvidar, imposibles de ignorar.

La desconocida continuaba con su baile erótico, contoneando las caderas y luciendo su espectacular figura frente a la anonadada cara de Joaquín. Él, cual bestia liberada, cogió a la mujer levantándola en vilo y abrazándola entre sus brazos, oliéndola, probándola, casi comiéndola a besos. Gabriela se entregaba rendida, como una presa que comprende su inevitable destino.

Ambos rodaban por el suelo, Joaquín como una bestia bruta intentando invadir el hasta ahora inviolado bajo vientre de aquella exquisita mujer. Gabriela buscaba que la boca de Joaquín saboreara cada centímetro de su piel. Cuando la impaciencia de él se tornaba en bruscos apretones y violentos tirones, ella clavaba sus afiladas uñas en la espalda de su amante, cediendo, entregando lo que había estado negando hasta el momento.

Con cada sacudida Joaquín entraba a lo más profundo de su pareja. Una fuerte succión extraía de él cada gota de su valiosa semilla, cada una salía como llevándose un poco de su fuerza vital, una parte de su vida.



Una nueva mañana encontró a Lorena y a Joaquín, esta vez era él quien estaba agotado y se sentía sumamente culpable por lo que había sucedido en su privado mundo.
Esa misma noche, cerca de las nueve cuando Lorena llegó a su casa, se encontró con un vestíbulo repleto de arreglos florales. Unos pasos más allá un sombrío Joaquín se le acercaba para abrazarle y declararle su inmenso amor. Ella lo veía con un gesto de desconcierto.
Muchos pensamientos pasaban por una Lorena que se sentía atacada por todos los flancos. La presión del trabajo, los sueños que la hacían dudar de sus sentimientos y ahora lo de Joaquín. Se besaron con cierta incomodidad y las caricias cesaron antes de que fueran más lejos. Se dieron una tímida sonrisa y Joaquín se dirigió a la habitación mientras ella prefirió dar algunas vueltas por la casa. Con una copa de vino en la mano intentaba relajarse, enfocarse. Para las doce y media yacía dormida en el sofá de la sala.

- Lorenaaa – se escuchaba un susurro - Lorena, dulce Lorena.
- ¿Quien anda ahí?
- Lorenaaa – repetía el susurro que se confundía con el viento que entraba por la ventana.

Lorena reconocía claramente esos susurros, los cuales le habían erizado la piel con anterioridad.

- ¿Quien eres? ¿Cual es tu nombre?
- Soy Gabriel – contestaba nuevamente en susurros.
- ¿Que buscas?
- Te busco a ti…

Sin demora Lorena sintió la fuerte mano deslizándose bajo sus faldas, alcanzando el centro de su placer. Era imposible resistirse ante tan abrumadora entrada. Esa pesada respiración acariciaba su sensible cuello. La otra mano exploraba el torso y se encontraba con los duros picos que coronaban cada uno de los redondos pechos de Lorena. El olor del extraño se entremezclaba con él de Joaquín que emergía de alguna parte.

La primera embestida de Gabriel se deslizó suavemente entre la humedad de Lorena. Ella confundida gritaba indistintamente los nombres de quien amaba y quien la penetraba. Cuando el caliente chorro de esperma llenó su cuerpo, Lorena reposó complacida y confundida por todas las emociones que la sostenían entre dudas.



Por la mañana, la copa de vino yacía desprolija sobre la alfombra, la ropa de Lorena arrugada. Se restregó sus somnolientos ojos y observó cómo Joaquín, tambaleante, suplicante, se acercaba hacia ella.

 Cariño, ¿te encuentras bien?- Lorena también estaba extenuada, apenas tuvo fuerza para sostener a Joaquín antes de que cayera pesadamente al suelo.

Muy asustada decidió llevarlo al hospital, algo no andaba bien, jamás había visto a su marido así. Cuando su esposo se encontró en manos del médico ella debió soportar la incierta espera.
Un par de días después, Joaquín era una sombra del hombre que había sido, delgado hasta los huesos, empeorando a cada hora. Aquel fatídico viernes finalmente la muerte se apiadó de su sufrimiento y lo llevó entre sus brazos al descanso.
Lorena salió del hospital destruida, en medio de su profundo llanto sintió una intolerable punzada en su estomago. Instintivamente llevó su mano hacia donde nacía el dolor y pudo comprobar cómo su vientre lenta pero visiblemente comenzaba a hincharse. Antes de que un grito de miedo escapara de su garganta, Lorena se vio víctima de un profundo trance.
Su cuerpo ya no le respondía, su mente estaba en blanco. Caminó durante horas hasta llegar al lago. Sin quitarse las prendas se sumergió en el oscuro espejo, la noche ya había caído y la luna se reflejaba orgullosa sobre la atroz escena.
Lorena se hundió en las profundidades del espeso líquido, solo débiles burbujas escapaban hacia la superficie. Momentos después, una increíble mujer desnuda caminó decidida hacia la orilla. Cobijada entre las penumbras, el cuerpo de la joven se alejaba del terrible espectáculo, y ella idéntica a Gabriela, comenzó su transformación a cada paso que daba. Por momentos una hermosa joven, por instantes un apuesto joven. Un despiadado succubu buscando una nueva oportunidad entre los lujuriosos sueños ardientes de los desdichados humanos.


Fin

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domingo 11 de enero de 2009



Bajo la piel



Artista: rafMAR
(el dibujo no fue hecho exprofesamente para esta historia)


Su cabello negro y ondulado caía insistentemente sobre su rostro. Irina se lo apartaba mientras sus dedos se movían impacientes trazando los bosquejos que estaba ansiosa por presentar. Impaciente se amarro el pelo para poder trabajar mejor.

 

            Daniel daba una de sus vueltas rutinarias por el taller. El rostro de Irina denotaba la concentración de un artista cuando ejecuta su obra. Cuando ella finalizó, giró la cabeza y sus profundos ojos negros se cruzaron con los de Daniel. Él se acerco a ella como hipnotizado. Inmediatamente cogió su trabajo y lo reviso, al derecho y al revés, le hizo algunas preguntas y en menos de un parpadeo  se llevo los bosquejos.


Elena, desde su mesa, observaba el movimiento de ambos con una sonrisa de disgusto, ella pensaba en Irina como en una novata que no era nadie para ser tomada en cuenta de un momento para otro.

 

            Llegaba la hora de la salida, Daniel no había regresado. Ya mañana, Irina, se enteraría de lo que había sucedido con sus bosquejos. Como siempre, se despidió de todos antes de dejar el taller, incluyendo a Elena la cual le contesto con un falso buen gesto.

           

            Irina caminaba feliz hacia el acuario. Ser interna de un taller de diseño tan importante había sido su sueño durante muchísimo tiempo y finalmente ahora lo veía cumplido, lograrlo le había tomado dos años de sacrificios. Por el momento la paga era una miseria, pero lo que importaba era la experiencia. Tenía que apresurar el paso para llegar temprano, pues se había comprometido a organizar el alimento que había llegado por la tarde.

 

            Algo de vitaminas, alimento en polvo y el premio mayor, los peces. Irina siempre se ofrecía para ayudar con el alimento ya que así podía reservarse algo para ella, quizá algún pez de alta mar como  los que a ella le encantaban. Aparte de eso la rutina de trabajo casi era la misma, encargarse de su zona, lo que implicaba barrer, limpiar ventanas, vaciar basureros y alimentar a sus engreídas focas. Era un trabajo pesado ya la paga no era mucha pero le permitía pagar las cuentas. Además tenía sus compensaciones como la de poder estudiar por las mañanas y tener algo de compañía a la mano cuando lo quisiera.

 

            La noche avanzaba. Ella observó su reloj y sonrió, era hora de ir a visitar a sus amigas las focas. Entro por la puerta empujando un carrito con todos los peces que correspondían más algunos extra que ella se había agenciado. Lo regular para un trabajador del acuario era alimentar a los animales e irse a casa, pero el caso de Irina era especial. Ya todos sabían que a veces ella pasaba la noche en el acuario, a pesar que su departamento quedaba a un par de calles. Tal cosa se consideraba como una extravagancia pero se le toleraba, ella se había ganado la confianza del acuario gracias a su dedicación al trabajo y a los animales.

 

            Una vez que se despidió el último de los empleados, y tan solo quedando el conserje, Irina decidió que era tiempo de relajarse. Primero se cercioró de que el conserje no andara cerca y luego fue a su casillero para sacar su bolso. Ya en la puerta de la piscina de las focas se asomo para ver como iba todo. Ya totalmente segura dejo la puerta entreabierta, tan solo sujeta con el balde de peces que ella se había reservado. Se desvistió lo más rápido que pudo, saco la piel del bolso y guardo su ropa. Mientras se ponía la piel de foca, esta tomaba el lugar de la piel humana que tenía hasta ese momento. Ella disfrutaba el momento, amaba su piel, no poder usarla por gran parte del día era el mayor sacrificio que ella hacia. Para la mayoría de las selkie dejar su piel voluntariamente por tanto tiempo sería algo inaudito, pero Irina tenía un sueño que poco a poco se iba volviendo realidad.

 

            Ya envuelta en su verdadera piel. Irina cogió el balde con su boca y entro a ver a sus amigas. Comió lo que pudo y el resto lo repartió con sus compañeras. Se hundió en la piscina y dejó que el agua la abrazara. Ella retozaba como un animal feliz y por unos momentos se sintió en casa. Cuando el cansancio comenzó a ganarle ella prefirió salir del agua y dejar su preciada piel. Ya otras veces se había quedado dormida y eso podía ser un problema.

           

            Cuando Irina se enteró de que sus diseños habían sido aceptados no lo podía creer. Presa del júbilo, se acercó a Daniel para agradecerle lo que había hecho. Le dio un tierno beso en la mejilla y Daniel creyó desfallecer. El le comento que debía prepararse pues más tarde ella misma debería presentar su trabajo.

 

            Elena estallaba de furia, no podía comprender cómo en tan poco tiempo Irina se había ganado su lugar, algo que a la propia Elena le costó sudor y lágrimas.

 

            Irina había dado en el clavo. Con todos los mensajes sobre el cuidado del medio ambiente la gente estaba muy sensibilizada al respecto. La inspiración de Irina era natural, en verdad era ella misma: su piel. Toda una línea de ropa basada en piel sintética de foca. Eran diseños prácticos, bellos y con sensibilidad ecológica.

 

            En poco tiempo ella se volvió una estrella. Era la favorita de sus jefes y contaba con muchos admiradores. Enarbolando la bandera en contra del uso de pieles, había traído muy buena publicidad a la compañía.

 

            Daniel la acompañaba y guiaba en aquel nuevo mundo que se le abría. Aún todo eran promesas, pero que poco a poco se iban volviendo en parte de una realidad maravillosa. El respeto y admiración entre ambos iban tomando otra forma. Una amistad cercana  que poco a poco se iba volviendo más íntima. Algunos paseos por el acuario le daban a ella la esperanza de que en algún momento pudiera compartir su secreto.

 

            Irina se encontraba en la cima del éxito, pero Elena no se iba a quedar tranquila.

 

            A pesar de su apretada agenda, Irina reservaba algo de tiempo para ir a visitar sus amigas las focas. Aunque no tanto como antes. En una de esos días en que dejo el taller temprano, Elena fue a husmear en su oficina, porque la señorita ahora poseía una ya que era la diseñadora número uno. Ella pasaba las hojas, veía los diseños, buscando algo que pudiera servirle como arma en contra de Irina pero no encontró algo que pudiera servirle, tan solo un dato curioso en su agenda: varios días anotados para ir al acuario.

 

            Sin tener nada, Elena opto por acercarse a Irina. La halagaba, la felicitaba, le ofrecía su ayuda. Pronto Irina la tomo como su amiga. Ambas salían a pasear de vez en cuando y es en una de esas salidas en que Elena obtuvo lo que buscaba. Irina le había pedido que le alcanzara algo de su bolso que se había quedado en el auto. Aprovechando esto Elena husmeo en el otro bolo que cargaba Irina y que siempre permanecía cerrado. La sorpresa que se llevo ella fue mayúscula al  encontrar una autentica piel de foca. Era irrelevante pensar el porque de esa piel, lo importante era como usar eso en contra de su rival.

 

            De repente todo cambio. Mientras Irina llegaba a al taller, alguna gente le gritaba por la calle.

 

-         ¡Embustera!

-         ¡Mentirosa!

-         ¡Asesina!

 

            Sus compañeros de trabajo no le dirigían la palabra. Su correo estaba repleto de insultos. Sin saber que sucedía, Elena acudió en su ayuda. Sin decir nada le mostró cual era el origen de todo: un video publicado en internet.

 

            Irina se había quedado petrificada en su asiento, en el mismo asiento que se veía en el video, en el asiento de su oficina. Su primera reacción fue la de buscar la cámara oculta pero esta ya no estaba. No había salida, las imágenes pesaban más que cualquier palabra que ella pudiera pronunciar. Como explicar que la piel que ella acariciaba era su propia piel.

 

            La reputación de Irina estaba siendo arrastrada por el fango. Elena casi no podía ocultar su emoción, con Irina de lado ella tendría la oportunidad de brillar nuevamente.

 

            Ese día fue muy largo. Los jefes no querían saber nada con Irina, no querían que ese asunto afectara sus negocios. Sus compañeros que tan buenamente habían creído en ella ahora le daban la espalda. Ella tuvo que tomar unas vacaciones obligadas.

 

            Al salir de la compañía se asusto al ver el tumulto que se había formado. Y aún más al ver a la gente enardecida que se le acercaba, reclamándole y lanzándole improperios.

 

            Los agravios verbales se volvieron físicos, empujones y jalones. Su mano instintivamente apretó el bolso que contenía la piel. Producto de la agitación alguien jalo el bolso, ella lo sujetaba con fuerza, pero en el tire y jala este se abre. Con horror observó que su piel no estaba. Ella creyó morir en aquel instante, si su piel era maltratada ella sufriría las consecuencias.

 

            Finalmente entró a su coche entre abucheos. Aún no lograba asimilar todo lo que le estaba sucediendo. El como en menos de un día se estaba derrumbando todo lo que había construido. No sabía que hacer, su carrera pronto se vería arruinada, se sentía sola, muy sola...

 

            Todo sucedió muy rápido, las críticas, los malos comentarios. Su ascenso meteórico se transformo en una caída meteórica, y ella no estaba preparada para responder a tan abrupto cambio. Apenas estaba asimilando su éxito cuando sucede algo como esto. Ya no la llamaban y, peor aún, ella no deseaba comunicarse con nadie. Tenía ganas de dejarlo todo de regresar a la tranquilidad del mar, sin embargo esto no era posible. Estaba atrapada en el limbo,

 

            Transcurrieron los días, las semanas, los meses, el tiempo iba borrando todos los logros de Irina. Sin trabajo, vivía del dinero que no había tenido tiempo de gastar. Se vio forzada a abandonar sus recién adquiridos lujos, a vender su coche, a dejar su departamento. Se cambio a uno más modesto, quizá más que el que tenía en la época del acuario. Ya le quedaba poco dinero, ni siquiera podría pagar la renta. Y cuando todo parecía perdido, recibió una visita inesperada.

 

            Elena recostó su cuerpo sobre el umbral de la puerta, fumando su cigarrillo despreocupadamente mientras observaba con aire de suficiencia a la atónita Irina.

 

-         He venido a ayudarte - soltó sus palabras como sin querer, ni siquiera mirando a Irina a los ojos, esperando como mínimo una reverencia por su generosidad.

 

            Una Irina abatida la hizo pasar. La generosa Elena le ofrecía compartir su departamento con ella, al menos hasta que Irina pudiera recuperarse. También le ofreció a mostrar los diseños de Irina a los demás diseñadores, estaba convencida de que si ella intercedía, poco a poco, volvería a recuperar el prestigio que había perdido.

 

            Irina, con lágrimas en los ojos, fervientemente agradeció la increíble oportunidad que se le estaba ofreciendo y como una ingenua, cayó en las redes de las falsas promesas de la supuesta amiga.

 

            Daniel estaba preocupado por Irina, hacía tiempo que no sabía nada de ella. Intento comunicarse con ella varia veces, la visitaba y llamaba pero siempre recibía negativas. Con la mudanza le termino de perder la pista. Ya nadie parecía saber algo sobre ella, ni siquiera en el acuario donde la conocían de años. En el taller nadie quería escuchar su nombre.

 

            Una orgullosa Elena entro al taller, segura de si misma se dirigió a hablar con los jefes. Llevaba una carpeta en sus manos y una sonrisa soberbia adornando su rostro. Luego de la reunión, Daniel se enteró de que ella había presentado unos diseños muy originales, muy bonitos, muy similares a los que Irina solía hacer. El corazón de Daniel le gritaba que algo no andaba bien y estaba dispuesto a averiguar que era.

 

            Irina lloraba cada vez que se encontraba a solas, lloraba amargamente por la suerte que había tenido. Por tener que pasar la penurias que le deparaba el frío mundo de los humanos, por no poder regresar a su amado mar.

 

            Qué sencillos eran los días cuando Irina era una simple don nadie viviendo del sueldo del acuario, un trabajo sin gloria pero que le permitía ser libre. Quizás si volviera al acuario...Creía que la rechazarían, todo el mundo había escuchado acerca del escándalo que la había envuelto, todos la consideraban como una hipócrita ¿quién se interesaría en ella?

 

            Ese día Elena regresó triunfante, Irina corrió curiosa a su encuentro, quería saber todos los detalles.

 

-         Pues bien, les he entregado los diseños a los jefes y los amaron - dijo Elena, mirándose las uñas.

-         ¡Maravilloso! ¿Han dicho cuando puedo volver a trabajar?

-         Bueno... Todavía es demasiado pronto.

-         Pero ya han pasado seis meses - dijo, melancólica.

-         Lo sé, lo sé, pero ellos quieren esperar un tiempo prudencial. Sabemos que la gente no va a reaccionar favorablemente ahora, las heridas aún están muy recientes, ¿entiendes? Es lo mejor para ti, para todos- dijo, colocando su mano tiernamente  sobre el hombro de la triste Irina.

-         Supongo que tienes razón...

-         Y ¿hay algo de comer? Me muero de hambre.

-         Ahora mismo voy a preparar algo. Ya hice algo de limpieza y lave la ropa.

-         Muy bien. Recuerda que debes ir pensando en nuevos diseños. Yo solo puedo ayudarte en base a lo que tu cabecita pueda hacer.

-         Por supuesto.

 

            Elena sonrió, si tan sólo la tonta supiera lo que estaba haciendo. No sabía por cuánto tiempo más podría sostener la mentira, por cuanto tiempo podría Irina ignorar que era Elena quien se estaba haciendo acreedora del crédito que le pertenecía. Porque los jefes creían que los diseños pertenecían a Elena y la verdadera dueña creía ciegamente en su falsa benefactora.

 

            Los días pasaban casi en la misma rutina. Irina ocupada realizando los quehaceres y dibujando algunos diseños a pedido de Elena. Parecía que todo iba mejorando, Elena le contaba sobre los buenos comentarios que recibía, pero también de los problemas para que sus diseños se pongan en producción.

 

            Elena meditaba en su habitación, aún no encontraba la forma de perpetuar su control sobre Irina. Se arrodillo y saco una caja del armario, la cual puso sobre la cama. Aseguro la puerta y sabiéndose sola extrajo la piel de la caja. Era una piel bonita, quizá podría usarla en algún diseño propio. La molestia por no encontrarle solución a su problema la hizo estrujar la piel violentamente. Del otro lado de la puerta se escucho el grito de Irina.

 

            Elena probó el raro suceso varias veces. De alguna forma Irina sentía lo que sucedía con esa piel y debido a todas esas pruebas el rostro de Irina reflejaba cierta angustia. Por un tiempo, Elena, la dejo tranquila, necesitaba más de su trabajo. Pero ese tiempo lo aprovecho para averiguar más sobre aquel extraño asunto.

 

            Irina permanecía aislada del mundo pero la curiosidad por saber algo más sobre lo que le contaba Elena le dieron algo de impulso para intentar informarse. La televisión, la radio y las revistas no eran medios adecuados para enterarse de eso, al menos eso pensaba ella, hasta que un día vio uno de sus diseños en un anunció. Buscando encontró otro y otro. Aquella tarde Irina decidió preguntarle a Elena que es lo que estaba sucediendo.

 

            Cuando Elena llego fue acribillada con las preguntas y dudas de Irina. Elena le pidió calma y le pidió que la esperara sentada en la sala. Un momento después regreso con una caja entre manos. Irina ignoraba lo que Elena planeaba hacer. Sus dudas fueron absueltas al ver como Elena tenía entre manos la perdida piel.

 

-         Esa piel es mía. – dijo una sorprendida Irina - ¿qué hace en tus manos?

 

            Elena acariciaba la piel y observaba cómo Irina se estremecía.

 

-         Ya conozco tu pequeño secreto. Selkie. – dijo Elena con una risa socarrona – Veo que de alguna forma te has enterado del destino de tus diseños y ahora conoces el destino de tu piel. Lo que no sabes es que ya tengo los planes para una fructífera sociedad entre nosotras dos.

 

            Furiosa, Irina se levanto y se dirigió amenazante a Elena. Sin preocuparse la segunda cogió la piel por debajo la doblo con cierta fuerza. Irina cayó  tendida en el suelo presa del dolor. Complacida, Elena tomó la piel delicadamente y le dijo a su víctima:

 

-         Tienes una extraña conexión con esta piel. Ya conozco algo de ello pero quiero saberlo todo y quiero saberlo ya.

 

            Irina no pensaba pronunciar palabra alguna, pero unos cuantos maltratos a su piel fueron suficientes para que delatara sus ancestrales secretos a una simple mortal. Elena fue enterándose de quien era en verdad Irina. Una criatura que era similar a las focas solo que con la capacidad de desprenderse de su piel para aparentar ser un humano. Cosa que generalmente hacían tan solo para satisfacer sus deseos y engendrar hijos. Pero Irina se enamoró del mundo de los humanos y una vez que estuvo en tierra se sacrifico para vivir como ellos.

 

            A Elena la historia le pareció fascinante. Se preguntaba que se sentiría ser una selkie y poder disfrutar de la libertad de vivir en dos mundos, en uno completamente libre, sin rendirle cuentas a nadie. Mientras tuviera la piel en su poder, Irina le pertenecía por completo y literalmente podría ser su esclava eterna, creando maravillosos diseños que harían que Elena alcanzara la fama tan deseada.

 

-         Esto es lo que haremos- comenzó a decir Elena- Tú harás todo lo que yo te diga y todo saldrá bien, pero si piensas traicionarme, destruiré lo más preciado que tienes.

 

            Sin decir más, Elena se retiró a su habitación y se marchó. Irina cayó al suelo rendida, su vida estaba arruinada y nadie podría ayudarla.

 

            Por casualidad, Daniel escuchó una charla entre Elena y una de sus odiosas amigas, así fue como se enteró de que Irina se encontraba siendo amablemente acogida en el departamento de la monstruosa arpía.

 

            Sin dudarlo, fue a buscarla y cuando finalmente la encontró demacrada y desesperada, su corazón se quebró.

 

-         No voy a permitir que te quedes aquí por más tiempo, sé que no me conoces demasiado, pero a mí tú me importas mucho- comenzó a decir Daniel, tímidamente.

-         Te lo agradezco, pero debo quedarme aquí.

-         No, no tienes por qué hacer eso, ven vámonos.

-         Lo lamento, pero de veras debo quedarme, no tengo otra opción.

 

            Luego de mucha insistencia por parte de Daniel, Irina se sintió conmovida y creyó que él era merecedor de conocer su verdad. Cuando él lo supo todo, decidieron ir en busca de Elena y detenerla. La buscaron por horas, pero no sabían dónde encontrarla hasta que Irina sintió la presencia del mar en su alma.

 

-         ¡Debemos ir a la playa, mi piel está en la playa!- gritaba Irina, frenética.

 

            En el coche llegaron de inmediato, justo a tiempo para ser testigos de un terrible escenario. Elena estaba desnuda, en la orilla, colocándose la piel de Irina. La joven desesperada corrió hacia Elena intentando impedírselo, lamentablemente llegó demasiado tarde.

 

            Elena gritó hasta que hizo temblar el mar, su cuerpo comenzó a transformarse y ante los incrédulos ojos de Daniel, ocurrió el espectáculo más macabro que había visto en su vida. Elena se había convertido en una foca gigante y por completo monstruosa, que emitía unos chillidos penetrantes e insoportables.

 

            Irina se enterró en los brazos de Daniel decepcionada, ahora que su piel había sido contaminada por una humana, jamás podría recuperarla, jamás podría volver a nadar con sus hermanas ni disfrutar del mar como antes.

 

            Daniel la miró a los ojos, comprensivo, apenas podía adivinar la agonía en la cual Irina estaba entregada, pero él estaba ahí para ella, para todo lo que necesitara. Él la quería, entendía que sus sentimientos se iban tornando en un creciente amor y estaba dispuesto a hacerla la mujer más feliz sobre la tierra.

 

            Irina se perdió en los ojos oscuros que le dedicaban tanto amor, se preguntaba si él podría hacerla feliz, solamente el tiempo poseía las respuestas.



Fin



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miércoles 24 de diciembre de 2008



El templo de los mil espejos

Artista: dark-spider

(el dibujo no fue hecho exprofesamente para esta historia)


            La silueta de Miranda se perdía entre los árboles a medida de que corría desesperadamente entre las penumbras de la cómplice noche.  Sus níveos pies se teñían con el oscuro fango del bosque y sus manos se laceraban con las desnudas ramas de otoño. Ella había salido del sendero para evitar que el Duque la alcanzara, pero también sabía que no podía alejarse demasiado ya que corría el riesgo de perderse en aquel oscuro lugar, el que según contaban antiguas leyendas era el responsable de haber hecho desaparecer ejércitos completos.


            Los relinchos del caballo y los gritos del Duque se sentían demasiado cerca. Miranda se encontraba entre la espada y la pared, entre el Duque y el bosque. Al haberse negado a las intenciones del Duque y, peor aún, haber escapado de él, ella sabía que si era encontrada lo único que le esperaría serían incontables suplicios. La única posibilidad que tenía era atreverse a penetrar lo desconocido.

 

            Ya sin guía ni referencia, Miranda se adentraba más y más en el bosque. La espesa bruma no le dejaba siquiera ver los pasos que daba. En tan sólo cuestión de minutos, que parecieron horas, se topó con una muralla de piedra.  Casi a ciegas la siguió, paso a paso, hasta encontrar una abertura, una entrada. El sonido del viento silbando violentamente entre los árboles, el crujir de las hojas secas bajo sus pies desnudos, el escalofrío que acariciaba su trémulo cuerpo, la aterraron aún más, no dejandole otra salida que entrar en aquel extraño lugar.

 

            El duro piso de piedra agredía sus ya magullados pies. Quizá era preferible que no hubiera luz, pensaba Miranda. El lúgubre ambiente no prometía un buen espectáculo para los ojos. Al fondo, y luego de recorrer una sala que parecía interminable, se podía percibir un destello. Grande fue su asombro al encontrar un enorme salón con espejos,  muchos espejos, grandes, pequeños, redondos algunos, rectangulares otros.  Cubrían soberviamente las paredes del recinto e incluso osaban descansar en el techo.

 

            Miranda, titubeante, se dirigió al centro del salón. Una vez allí fue sorprendida por una suave voz que le susurraba:

 

- Tú que has llegado tan lejos, tienes frente a ti lo que siempre has buscado. Una nueva vida, un nuevo destino. Pero toda en esta vida tiene un precio  y  esta vez tendrás que estar dispuesta a entregar tu sangre, la que será utilizada para entrar y salir de los lugares a donde te lleven los espejos.

 

            Tan pronto como aquellas palabras culminaron, una daga se materializó en sus manos. Tenía que tomar una decisión. El Duque se había obsesionado con ella y no claudicaría hasta hacerla suya, por las buenas o por las malas. ¿La vida de siempre o un nuevo destino? Todo sonaba tan prometedor, sin embargo Miranda sabía que nada era  perfecto.

 

            Ella se dirigió al primer espejo que su mirada encontró. Al acercarse se dio cuenta que éste era la ventana a otra lugar, un sitio que se veía tan brumoso como el bosque que acababa de cruzar. Temiendo caer en un lugar similar, continuó caminando, sin convencerse, pero todos eran iguales. Extendió la mano para intentar despejar la bruma pero el frío vidrio le impidió cumplir con su cometido.

 

-         La sangre – se dijo.

 

            Mientras la punta de la daga se clavaba en la yema de su índice izquierdo, Miranda no pensaba en otra cosa que escapar. Ella extendió el brazo y dibujo una espiral en la fría superficie del espejo.  En menos del tiempo que le tomo dar un suspiro, los rojos trazos tomaron vida, difuminándose en la imagen y convirtiéndose en ondas de una vibración que provenía del otro lado, del otro mundo.

 

            El espejo ya no parecía tal sino una ventana que dejaba ver claramente un paisaje. Sin embargo el momento de contemplación se vio abruptamente interrumpido cuando una gran fuerza hizo su aparición absorbiendo a Miranda tan rápido como un parpadeo.

 

            Miranda recuperaba la conciencia en medio de lo que parecía se un pastizal. Ella se enderezó y se asustó al ver que sus manos habían adquirido un tono verdoso. A lo lejos divisó a tres siluetas de forma humanoide que se acercaban lentamente. Ya a menos distancia se dio cuenta que estas siluetas eran una especie de monstruos de color verde y contaban con unos cuernos que coronaban sus cabezas semejantes a los ogro de los cuentos. Uno de los monstruos la señaló, los tres se dirigieron a ella, corriendo, gritando.

 

            El miedo de ver a esas criaturas acercarse también la hizo correr a toda prisa. Paso a paso ella se acercó a un lago, la única forma de escapar era nadando. Al alcanzar la orilla se asustó al ver su reflejo en el agua, ella también era un monstruo. Cuatro brazos escamosos se escapan de sus costados, dientes enormes, largos, gruesos y afilados adornaban su boca, su figura de antaño tan perfecta ahora era regordeta por demás.

 

            Permanece inmóvil por unos instantes, lo suficiente para que los monstruos la alcansacen. Cuando estuvieron sobre ella el horror se transformó en desconcierto debido a la conducta de aquellos seres.  Aunque de aspecto temible resultaban ser tan o más, amables que la mayoría de los humanos con los que ella había tratado durante toda su vida.

 

            Junto a su nueva compañía, Miranda, arribó al pequeño pueblo repleto de más monstruos, quienes la recibieron con los brazos abiertos. La doncella se preguntaba si podría ser feliz en un sitio así. Podía imaginarse rodeada de tanta paz, tanta pureza, tanta comodidad. Jamás volvería a faltarle nada, no solamente había ganado seguridad, sino que también había ganado amor, ese amor tan honesto que sus nuevos amigos le profesaban.

 

            Por un tiempo, la joven disfrutó de aquel pacífico lugar, echándose a tomar sol, comiendo los más exquisitos manjares, gozando de la brisa con olor a fresa que la acariciaba todas las mañanas.

           

            Sin embargo, saberse con monstruosas facciones era demasiado para que su narcicismo pudiera soportarlo. Sabía que la vida podía depararle mucho más que estar rodeada de criaturas espantosas, sin importar cuan dulces fueran, para ella ya no era suficiente.

 

 

-         Quizá entrando a otro espejo tenga más suerte – se dijo ella

 

            Le tomo un tiempo descubrir que cualquier espejo le podría servir para salir de aquel mundo. La daga, siempre junto a ella, volvió a cumplir su misión.

 

            Una vez que regresó a la sala de los espejos, Miranda pudo ver con deleite como su forma humana había sido recuperada. Se preguntaba cuanto tiempo en realidad había estado viviendo con los monstruos. Aún ignoraba que el tiempo transcurre de una manera completamente diferente en cada dimensión, más rápido que en nuestra realidad. Y Miranda, todavía no sabía lo cerca que se encontraba del peligro, lo próximo que el Duque, a paso apresurado en su corcel, se acercaba hacia ella.

 

            La joven se acercó a otro espejo, redondo esta vez, temerosa dañó su mano como ya lo había hecho anteriormente y la sangre le abrió la puerta a otro mundo. Miranda respiró hondo mientras atravesaba el umbral, rezando para sus adentros de que este sitio fuera mejor que el primero.

 

 

           

            El despertar de Miranda fue provocado por unos dulces cantos. Luego de abrir los ojos  se dio cuenta que el origen de tan bellos sonidos eran las voces de unos seres pequeños que parecían enanos. Temiendo haberse vuelto una de ellos, Miranda se enderezó y la tranquilidad le sobrevino al darse cuenta que conservaba su altura y proporciones. Respiró tranquila.

 

            Sus anfitriones resultaron ser tan o más amables que los monstruos anteriores, cosa que la alegraba en gran manera. Con sus pequeñas y adorables voces comenzaron a alabarla, diciéndole que la consideraban una diosa, la diosa que hacía siglos habían estado esperando.

 

            Todos se hincaron ante ella y le dieron obsequios, algunos hasta le pedían permiso para besarle los pies. Miranda observaba complacida y disfrutaba de la profunda adoración de sus nuevos discípulos. Ya podía sentirse toda una reina, ya imaginaba cuáles serían sus órdenes, los decretos que pensaba escribir, los días festivos que quería estipular.

 

            Pasaron los días entre excelsa felicidad, no había nada malo en aquella dimensión, nada en absoluto. Cuando la séptima luna besó el cielo, los duendes decidieron agasajar a su reina con un banquete digno de los dioses del Olimpo.

 

            Una pequeña duendecita se acercó a su majestad y le ofreció un platillo dorado, con una apetitosa carne adornada con diminutas papas.

 

-         Oh divinidad- comenzó a decir la duendecita- Concédame el honor de brindarle esta humilde delicia preparada por mí, especialmente para usted.

 

            Miranda deleitada ante tan ceremoniosa devoción, no dudó un segundo en hincarle el diente al platillo que se le había ofrecido. Cuando estaba a punto de terminarlo, la duendecita comenzó a gritar histérica:

 

-         ¡Asesina! ¡Asesina! Se ha comido a uno de los nuestros.

 

            Miranda quedó inmovilizada, a medio masticar el bocado que tenía en su boca. Miró confundida a la pequeña población, que ya se arremetía contra ella furiosa. La duendecita la había engañado y había inducido a Miranda a comerse a un habitante del reino. Todo por celos, ya que no soportaba ser gobernada por una gigante arrogante.

 

            Los miles de duendes tomaron a Miranda y la arrastraron por el suelo, luego la enredaron su cuerpo con fuertes ataduras. Durante horas fue testigo de una serie de rituales en los que se recitaban versos en una lengua que no entendía. El enano que parecía ser el sacerdote que dirigía todo se acercó a ella para preguntarle si tenía una última voluntad. Inmediatamente ella rogó que le permitieran verse en un espejo y que le soltaran la mano izquierda. Con el corazón palpitante, su índice izquierdo buscó la punta de la daga que los duendes ignoraban que ella poseía. Sin más tiempo que perder ella estampó su palma ensangrentada en el espejo pudiendo escapar.

 

 

 

 

            La sala de los espejos aún permanecía fría y oscura. De pronto, cual silbido amenazante, se pudo escuchar la estruendosa voz del duque temblando en el templo. Él  continuaba buscándola como un perro hambriento.

 

-         Pero ¿cómo puede ser posible? – se preguntó indignada – Si han pasado varios días, él no puede estar aquí.

 

            La voz del duque se acercaba peligrosamente. Ella intentó regresar al espejo de los monstruos pero no pudo, éste no se abría. Observaba los espejos desesperada, debía actuar rápido antes de que caer en las garras del maldito, sin saber cual espejo escoger optó por el  más cercano, adentrándose, sin saberlo, en un sitio aún más temible que los anteriores.

 

 

 

 

-         Mademoiselle  ¿se encuentra lista? El baile ya ha comenzado. – se escuchaba un voz al otro lado de la puerta.

 

            Miranda abrió los ojos lentamente, yacía boca abajo en  una lujosa cama. Al levantarse observó con asombro que lucía un majestuoso vestido. Se miraba en el espejo, embelezada con su propia imagen.

 

-         ¿Será posible que me halla convertido en una princesa? 

 

            Con gran ansiedad, intentaba arreglarse lo mejor posible, debía de verse como toda una princesa, como quien creía ser.

 

            Caminó hacia las escaleras, pudiendo apreciar el inmenso salón que la esperaba. Miranda había enmudecido ante tanto esplendor, el palacio relucía cual oro, decorados exquisitos, esculturas y pinturas excelsas adornaban las paredes. Una larga alfombra guiaba su camino. Comenzó a descender con la gracia de una gacela y al culminar de dar sus graciosos pasos,  anunciaron su llegada.

 

-         Duquesa Miranda Everlive. – anunció el encopetado hombre.

 

            El corazón de Miranda latía muy rápidamente debido a la emoción que la embargaba. Sin saber qué hacer, se quedó de pie esperando a que alguien le diera alguna señal o indicación. De pronto, un apuesto hombre se acercó a ella, tomó su mano delicadamente entre la suya y sus labios rozaron su piel. El hombre rogó por invitarla a bailar.

             Las danzas se sucedían una tras otra, los pies de Miranda flotaban libres por el salón, dominada por la pasión del momento. Cambiaba de pareja una y otra vez, cada compañero era aún más galante y atento que el anterior. Todo era un festín de sensaciones que le alegraban el espíritu y le complacían el cuerpo. Aquel tiempo le pareció eterno.

 

            Miranda dudó por un momento al acercarse la media noche. Pensaba que quizá su nueva vida sería como la de la Cenicienta y al tocar las doce campanadas todo desaparecería tan repentinamente como llegó. Llegó la media noche, pero todo permanecía calmo y hermoso, así que la joven continuó entregándose a la diversión.

 

            Todo comenzó de forma casi imperceptible. Pronto los trajes de colores fueron desapareciendo, dando lugar a ropajes opacos, desaliñados. Las personas tan elegantes y de buenas maneras de antaño comenzaron a comportarse de una manera extraña, agresiva, grosera. Los decorados también iban cambiando, los bustos y estatuas de mármol eran sustituidos por grotescas gárgolas de granito. Las bellas pinturas dejaban su lugar a extraños símbolos que parecían trazados con sangre.

 

            La música cesó, su pareja desapareció entre todos los trajes negros que inundaban la sala. Sin decirle nada, dos hombres la sujetaron por la espalda. Frente a ella un enmascarado cortaba su vestido con un a daga afilada, muy similar a la daga dorada que le servía para entrar a los espejos.

 

            El bello vestido, reducido a jirones, se encontraba en el suelo. Miranda no lo podía creer, desnuda en medio del salón, rodeada de gente enmascarada, fue presa del terror.

 

-         ¿Que clase de espejo es este? – alcanzó a gritar, antes de ser amordazada.

 

            Tendida en una mesa de piedra, Miranda fue víctima de las más horrendas torturas. Primero comenzaron a hacerle tajos en el vientre, en las piernas, todos reían como los hilos de sangre emanaban salvajes cual cascada.

            Luego fue el turno de las quemaduras, durante horas ella sintió cómo su cuerpo se abría en dolorosas llagas. Finalmente, los latigazos hirieron toda su piel, no quedando  ni un sólo ápice de su silueta libre del castigo. Ya sintiéndose morir, quedó  inconsciente.

 

           

            Por la mañana Miranda se despertó, y se sorprendió al estar en la bella cama, vestida con un cómodo pijama y sin un sólo rasguño.

 

-         Todo debe haber sido un a horrenda pesadilla.- se dijo así misma, con alivio.

 

            Durante el resto del día, ella se entretuvo reconociendo el castillo y a la servidumbre, que prácticamente hacia todo por ella. Para la tarde sus damas se acercaron a Miranda, ofreciéndole un hermoso vestido que en nada se parecía al de la pesadilla.

 

            La noche llegó y el baile lucía perfecto, no igual que el del sueño pero sí igual de placentero. Miranda se frotó los ojos asustada cuando le pareció ver un traje negro entre la multitud. Por un momento pensó que debía ser sólo una coincidencia, sin embargo los trajes negros empezaron a multiplicarse. Ella decidió anticiparse a lo que podría venir e intento abandonar el salón. En la base de la escalera fue detenida por dos hombres vestidos de negro.

            Caminó desesperada, pero las parejas bailando le cerraban el paso, no sabía hacia dónde dirigirse y dubitativa la encontraron los hombres que violentamente sujetaron sus delgados brazos. El baile terminaba, la tortura comenzaba.

 

           

 

           

            Era una nueva mañana. Miranda no quería creer lo que estaba sucediendo. Angustiada se preguntaba si así sería el resto de su vida, padeciendo indescriptibles torturas de noche como pago de los placeres diurnos.

            Los días continuaban transcurriendo despiadamente, a Miranda le era imposible evitar el baile de cada noche. Si intentaba quedarse en la habitación, venían a buscarla y la llevaban a la fuerza. Si escapaba del palacio durante el día alguien la atrapaba y la traía de regreso.

            Debía abandonar aquel mundo de inmediato, aunque le era imposible hallar su daga. Luego de tres días afortunadamente la encontró, estaba siendo exhibida en el salón de armas. Se acercó lentamente a buscarla, cerciorándose de que nadie la estuviera siguiendo. Quebró el cristal que la encerraba y Miranda tomó la daga entre sus trémulas manos.

            Su vista se paseaba por la habitación, intentando encontrar el espejo por donde había llegado. Tardó varios agonizantes minutos hasta que finalmente se halló frente a frente con el portal que la había condenado.

            Al intentar cortarse se dio cuenta que su sangre no era roja sino negra. Ella la extendía por todo el espejo pero este no se abría, tan sólo le mostraba la imagen del otro lado, la del salón de los espejos. Pronto comprendió lo que significaba aquello, ahora ella era inmortal, condenada a una eternidad de castigo, su sangre ya no le era útil y por lo tanto jamás podría escapar de ese infierno.

            Presa de la histeria, Miranda golpeó el espejo entre ardientes lágrimas, sollozando en silencio para que nadie pudiera escucharla. Entre la cortina de llanto se hizo visible la imagen del Duque, quien se encontraba del otro lado del espejo, aún buscándola.

            Una idea acarició su mente, quizás si le pedía ayuda al Duque él podría encontrar la manera de rescatarla. No era la decisión que la hacía más feliz, sin embargo, Mirada estaba comenzando a pensar que sería mejor dejar que el destino continuara su curso, entregándose a los caprichos carnales del Duque, siendo su esclava sexual para siempre. 

            Era mejor ser torturada por uno que por miles, pensaba enloquecida Mirada, sabiendo que nunca más podría ser feliz en ninguna parte, siendo conciente que su vida se había arruinado desde aquella noche fatídica donde el Duque decidió que ella le pertenecía.

            Ya resignada, intentó llamar la atención del Duque. Al principio él no la escuchó, pero de pronto, cuando él pudo observarla, se acercó con sigilo al espejo, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.

            Veía que Miranda estaba gritando por los movimientos frenéticos de sus labios, pero el Duque no podía escucharla. Miranda posó su mano sobre el espejo, el Duque la imitó, complacido de saber que ella lo necesitaba.

            Cuando las palmas de sus manos se unieron, separadas únicamente por el espejo, un estruendo hizo temblar el templo y todo se tornó oscuro.

            Miranda se encontraba tendida en el suelo del salón de los espejos, mareada. Se alegró se saberse libre de nuevo y se incorporó. Aunque algo no estaba bien. Cuando miró sus manos, su vestimenta, sus piernas, comprendió que ese cuerpo no era el suyo. El pánico la hizo su presa, ahora ella era el Duque.

            Confundida se acercó al espejo solamente para encontrarse con la silueta que ya no le pertenecía, el Duque dentro de Miranda, gritaba y golpeaba el cristal intentando en vano salir. Él podía escuchar los pasos de alguien que venía en su búsqueda.

            Miranda supo en aquel instante que ya no tendría que soportar los abusos de nadie, que ahora ella podía gozar de toda la riqueza y la calma sin prácticamente consecuencias. Lo que le estaba ocurriendo era mejor de lo que había sufrido en aquellos tétricos mundos en los que se vio perdida.

Dos hombres tomaron sin clemencia a quien se creía Miranda, arrastrándola lejos del espejo, y la verdadera Miranda observó con deleite cómo en la brumosa imagen se desvanecía la de su antiguo cuerpo.



Fin            




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lunes 15 de diciembre de 2008



Bikegirl


Artista: Demitri

 

     Ambos salieron de la fiesta, tambaleándose gracias a los efectos del generoso alcohol el cual había inundado sus cuerpos. Bajaron por las escaleras. Rocío miraba a Gastón, ambos se conocían perfectamente. Él le contesto la mirada con un gesto de complicidad y deslizó su mano bajo la falda, sintiendo aquella humedad que manaba cual fuente del más dulce almíbar.  Los escalones pasaban uno a uno y eran mudos testigos de los toqueteos y caricias que se prodiga la pareja. Antes de dejar la escalera, ambos se entrelazaron en un apasionado y profundo beso que solo era el preludio de la lujuria que ahora invadía sus cuerpos.





 

Gastón vió como ella se desprendía de sus brazos y lo jalaba por el estacionamiento, el sabía lo que ella buscaba. Los ojos de Rocío escudriñaban el enorme estacionamiento, solo necesitaba un pequeño espacio donde dar rienda suelta a sus instintos. Ella se acerco a una esquina, oculta por una enorme camioneta. Sin pausa alguna se quito las bragas mientras él liberaba su miembro abriendo la bragueta. La primera envestida fue tan violenta como el golpe de las  olas contra un acantilado. A duras penas Rocío se sostenía contra la puerta, mientras se sujetaba  a él con sus piernas en un fuerte abrazo que iba al ritmo marcado el vaivén de sus caderas.

 

            El primer orgasmo no tardo en llegar, forjado con pasión y acelerado por el alcohol. Ya en el suelo, Gastón se dedico a recorrer y palpar su objeto de deseo, recorriéndola con besos y caricias desde los carnosos labios de su rostro a los dilatados labios de su entrepierna, los cuales latían  fuertemente, hambrientos. Él la ate

ndió con su lengua incentivando cada nervio, cada centímetro de piel. Ella cogía su cabeza y la apretaba fuertemente.

 

Necesito que me montes – dijo ella con voz agonizante.

 

Ella se dió vuelta y se preparó. Arrodillada, mostró una mirada de deseo, humedeciendo sus labios. Él la miraba extasiado, su rostro lo tentaba, lo remecía. Rocío pegaba un ligero gesto de dolor al momento que los manubrios emergían de sus hombros. Las manos se juntaban como en un aplauso y entre ellas se materializaba una rueda,  seguida por la segunda entre sus pies. Partes metálicas se asomaban y entremezclaban con la rosada piel. La imagen híbrida de Rocío, a medio camino entre moto y mujer, llevaba el líbido de Gastón a niveles insospechados.

 


Las desnudas y firmes nalgas de Rocío invitaban a la penetración. Gastón se colocó encima de ella y mientras la llenaba, con su firme miembro,  sus manos jugaban suavemente con el acelerador. Ella ronroneaba como gata en celo con cada aceleración, las cuales eran cada vez más intensas y causaban un flujo de energía que la llevaban a un éxtasis casi animal. Ella necesitaba rodar, moverse, correr.  Gastón lo sabía e hizo que Rocío se deslizara rápidamente fuera del estacionamiento. De inmediato se encontraron en la carretera, cobijados por el velo de la noche.

 

 Rocío iba cada vez más rápido a medida que se acercaba al clímax. La velocidad era intoxicante para ambos, y ella se perdía en la carretera rápido, muy rápido, cada vez más rápido, hasta que el glorioso semen de su amor llenó su tanque haciéndola gritar por obligarla a gozar del más excelso orgasmo.

 

Cuando Gastón se retiró de entre las nalgas de Rocío, ella completo su transformación y así ninguna mirada curiosa hubiese sido capaz de descifrar lo que había acontecido hacia un momento.

 

-         Mi amor, eres lo mejor que existe en este mundo-exclamó Gastón, aún con la respiración entrecortada.

 

Sólo por el placer de la adrenalina, la pareja aceleró al máximo y entre el elixir de la embriaguez más el sosiego de su deseo, fueron incapaces de reaccionar cuando aquel  enorme camión se atravesó en su camino.

 

§

 

Andrés se encontraba en su búsqueda incesante, siempre hurgando en los lugares más insólitos en búsqueda de alguna pieza interesante. Su pasión eran las motos, las había amado desde el primer día en que sus ojos se posaron en la moto más hermosa, la moto de su padre.

 

            El destino quiso que Andrés se acercara al depósito policial, ansioso por saber si allí podría encontrar algo que añadir a su colección. El vigilante fue muy simpático con él y tenía algo especial, muy especial, que brindarle.

 

-         Sí, hace seis meses hubo un terrible accidente donde un joven de 20 años falleció en el acto y su novia...bueno de su novia nada puede decirse ya que cayó al mar y nunca se pudo encontrarla.

-         Que triste oír eso.

-         Triste para ellos, pero buena suerte para ti- exclamó el vigilante dejando escapar una sonrisa desde su tupido bigote.- Ven conmigo para mostrarte lo que quedo de la moto, quizá te interese devolverle algo de lo que perdió en el accidente. Nadie ha querido saber nada de ella y ya que el caso ha sido cerrado hace meses, no habrá ningún inconveniente en que te la lleves. – dijo con tono bonachón.

 

            Ambos caminaron hasta el oscuro y húmedo sótano. Una vez allí el vigilante señalo una polvorienta lona bajo la cual se encontraba el prometido premio. Parte por parte y con algo de esfuerzo la desvencijada moto alcanzo la superficie, cual Orfeo escapando del Tártaro. Una vez que Andrés la colocó en la parte trasera de su camioneta, la llevo presto al taller mecánico, a su lugar

 

            Varias semanas transcurrieron. Andrés dedicaba a su proyecto cada momento que tenía disponible entre trabajo y trabajo. Hasta que llego el día en que el objetivo pareció haberse alcanzado. Sin embargo, algo faltaba. Algo le decía que su labor no estaba completa. Metal reluciente y en forma, la línea del diseño había sido recuperada; aún así faltaba algo. Por unos días él solo se dedicaba a contemplarla, a ver que era lo que estaba mal. Una tarde, poco antes de dejar el taller, se dio cuenta del problema, de la pieza que no concordaba. Hábilmente alojo la pequeña caja plateada y la ubico en la posición que siempre debió tener. Al terminar, retrocedió unos pasos y soltó una ligera sonrisa de satisfacción, finalmente había terminado su obra. Esa sensación no duro mucho pues se torno en desconcierto cuando la moto empezó a sacudirse levemente. Pronto las líneas rectas se volvieron curvas, todo rastro de tuercas y tornillos se desvanecía frente a sus ojos. El brillante cromo adquiría un tono mate, texturizado, rosáceo. Los manubrios se contraían más y más hasta desaparecer. Las llantas nuevas caían al suelo al ser soltadas por pies y manos. Rocío volvió a la vida, desnuda sobre el suelo, con las rodillas hacia su pecho, lloraba sin consuelo por la muerte de su alma gemela.

 

            Andrés tuvo que frotarse los ojos más de cien veces para poder comprender que lo que estaba viendo era cierto. Cuando pudo reaccionar, fue en busca de una manta para cubrir a la trémula joven que soltaba el llanto que había quedado contenido por mucho tiempo. Andrés intento contarle lo que sabía pero no era necesario, no era nuevo. Ella sabía de lo sucedido, lo había escuchado de la boca de los investigadores, al menos hasta el momento en que fue desactivada.

 

            Más de media hora transcurrió hasta que Rocío pudo ahogar sus sollozos y comenzar a relatar su increíble historia al ritmo del vapor que se desprendía de la taza de café que tenía entre manos.

 

-         Todo comenzó cuando mi novio me hizo hincapié en su profundo amor hacia las motos. Todo su mundo giraba alrededor de ellas, eran su verdadera pasión. Hasta debo admitir que a veces me ponía celosa por su enorme dedicación hacia sus maquinas- exclamó con una triste sonrisa.- Un día, paseando con mis amigas, entramos a una tienda esotérica y fue allí donde me encontré con la gitana. Yo nunca creí en esas cosas, mis amigas me animaron a que la escuchara, pero con cada palabra me sorprendía de lo que esa extraña sabía de mi vida. Antes de retirarme, ella me entrego la gargantilla la cual no era muy bonita pero contenía la promesa de poder cumplir con el mayor de mis deseos.

 

Andrés se encontraba al borde de su silla, con los codos apoyados sobre sus piernas y su rostro descansando en sus manos, devoraba con intensidad las palabras que se escapaban de los labios de Rocío, moría por conocer el resto de aquella historia.

 

-         Esa gargantilla permitía convertir a las personas en objetos. Y en ese momento todo tuvo sentido para mí, yo me convertiría en lo que mi amado más deseaba en el mundo, y de esa manera yo sería su obsesión más completa. Ejecutar el hechizo era sorprendentemente sencillo,  mi novio debía ponerme la gargantilla y automáticamente me convertiría en su objeto más deseado. Lo único que se requería eran mi voluntad para convertirme, y esta estaba más que dispuesta.

 

Rocío dio un profundo trago a su café caliente.

 

-         Una vez decidido fui corriendo a ver a mi novio, luego de cubrirlo de besos le rogué que me colocara el collar alrededor del cuello, él no comprendía mi ansiedad ante este acto. Una vez que sentí la cinta negra apretando suavemente mi cuello, algo extraño sucedió...Caí de rodillas al suelo, mi cabeza daba vueltas y no sabía ni donde me encontraba. Una llave apareció en mi nuca, algo dentro de mi me impulsaba a actuar. Le pedí, a mi novio, que retirara la llave. Una vez que lo hizo pase a ser suya. Recline mi cuello frente a él invitándolo a que vuelva a poner la llave. Esa fue la primera vez que la sentí, aquella energía que atravesaba mi cuerpo y lo transformaba en algo maravilloso, la moto de sus sueños, sueños que también eran los míos.

-         Es impresionante- apenas pudo decir Andrés.

-         Disfrutábamos salir de paseo por las calles, carreteras por cualquier lugar donde él pudiera lucirme. Yo era la reina de su colección, su máquina.  Nos amábamos intensamente y procurábamos vivirlo al máximo. Hacíamos el amor en todos lados y de todas las formas posibles incluso… incluso hacíamos el amor cuando yo era una moto.

 

Andrés la observó extrañado, no pudiendo entender cómo eso era humanamente posible. Adivinando lo que él estaba pensando Rocío le explicó.

 

-         Es que a veces mi transformación queda, digamos, a mitad de camino, convirtiéndome en un ser mitad moto, mitad humana y eso resultaba ser muy excitante para los dos- a Rocío se le quebró la voz.

-         Tranquila- dijo Andrés acercándose a ella y tomando su mano- Te prometo que todo va a estar bien, yo voy a ayudarte. Lo primero que debemos hacer es contactar a tu familia- exclamó mientras se acercaba al teléfono.

 

-         ¡Espera!- gritó Rocío.

 

Andrés dejó el teléfono en el mismo lugar y se quedó observando extrañadamente a la joven.

 

-         Es que no quiero que nadie sepa que estoy viva.

-         Pero tu familia, debe estar desesperada.

 

Una sonrisa irónica adornó los labios de Rocío.

 

-         Ellos jamás se preocuparon por mí, yo no quiero regresar con ellos, no me interesa. Además, ¿a qué voy a regresar? Sin mi amor, ya nada tiene sentido, debí haber muerto con él.

-         No voy a permitirte que digas eso- Andrés regresó a su lado.- Debes de tomarlo con calma, seguro que deben querer saber de ti.

-         Pues yo no quiero saber de nadie.

 

Rocío se incorporó soberbia y comenzó a caminar hacia la puerta, Andrés la detuvo.

 

-         No puedo permitir que te vayas, no así. Ven conmigo- dijo colocando un brazo alrededor de los hombros de Rocío. - Hay una habitación libre en mi departamento que puedes usar por esta noche. Creo que lo que necesitas es descansar y con la mente más despierta, ahí decidirás qué es lo que quieres hacer en verdad.

-         No quiero ser un estorbo en tu vida- suspiró cabizbaja.

-         Pues no lo eres.

 

Una oculta mirada los seguía mientras ellos alcanzaban el vehículo de Andrés. Rocío se subió a la camioneta en silencio y así permaneció por todo el camino, con una mirada nostálgica y triste que sugería la profunda pena que habitaba en su corazón. Al llegar el la hizo pasar y brevemente le intento mostrar el lugar pero ella se recostó en el pequeño sofá de la habitación y donde se acurrucó como un bebé. El sueño rápidamente se apoderó de ella, mientras se evadía de la crueldad de su vida. Mientras tanto, Andrés caminaba de un lado hacia otro pensando que haría con la chica.

 

Ya de noche su novia, Lorena, lo encontró debatiéndose con sus confusos pensamientos.

 

-         Hola mi amor, ¿cómo estás?- dijo, besándolo con ternura.

-         Hola, Lore.

 

Lorena de inmediato se percató que Andrés no estaba bien.

 

-         Mi amor, ¿qué te sucede?

-         Es que ha surgido un pequeño inconveniente.

-         ¿Qué clase de inconveniente?- preguntó, con sus ojos verdes abiertos en extremo.

-         Digamos que alguien necesita mi ayuda desesperadamente.

 

En ese preciso instante, una somnolienta, y aún desnuda, Rocío apareció por el umbral de la habitación. Lorena estuvo a punto de caerle a golpes a su novio pero el la detuvo.

 

-         Antes de que pienses cualquier cosa, ella estuvo en un accidente.

-         ¿Y por qué no está en un hospital?- gritaba Lorena furiosa.

-         Es demasiado complicado de explicar, aguarda un momento.

 

Andrés se acercó a Rocío y la ayudó a cubrirse con la manta, aún abrazándola, caminaron hacia Lorena.

 

-         Rocío, quiero presentarte a mi novia, Lorena, ella es Rocío.

-         Hola- saludó entre dientes Lorena.

-         Tengo una idea- exclamó Andrés, emocionado y sin pensar bien las palabras que salían de su boca - ¿Por qué no vas a quedarte en la casa de Lorena unos días? Tú podrías ayudar a Rocío. – continuo él ensayando una solución que sonaba más ridícula con cada sílaba que era pronunciada.

-         Cariño- comenzó a decir Lorena, con una forzada sonrisa- ¿Podemos hablar en privado por un momento?

-         Sí, claro, aguarda aquí, Rocío.

 

Una vez que se encontraron solos, Lorena le dijo a Andrés todo lo que pensaba, que él estaba desquiciado por querer ayudar a alguien que no conoce, que ni loca ella tendría a una desconocida en su hogar y que mucho menos permitiría que él continuara con su  propósito sin sentido de ser un ángel salvador de una completa extraña.

 

-         Entiendo lo que me dices mi amor, pero lamentablemente las cosas no son tan sencillas.

-         Está bien te entiendo. Pues te lo haré muy fácil, escoge, es ella o yo. No pienso quedarme contigo sabiendo de tu capricho por esa cualquiera con aspecto de psicótica.

 

Andrés permaneció sumido en el silencio.

 

-         No te preocupes, ya lo comprendo todo. No te molestaré más, ¡quédate con esa mujerzuela y que seas feliz!

 

Lorena salió prácticamente corriendo del lugar, atropellando a la aún confundida Rocío. Andrés quedó petrificado observando a su nueva protegida, comenzando a dilucidar el gran lío en que se había metido.

 

Andrés y Rocío estuvieron toda la noche despiertos, él incesante en su anhelo de convencer a la joven de que aún valía la pena vivir, ella obstinada y desesperada, deseando lanzarse a los brazos de la muerte.

 

Al día siguiente Andrés se levanto muy temprano. Algo adolorido, sintió cierta sensación reconfortante al encontrarse sentado frente a Rocío. No había sido un sueño, ella estaba allí. El problema con Lorena era grande, cómo decirle, cómo explicarle. Pero ahora lo importante era ayudar a Rocío. Preparó el desayuno para ambos y arregló en algo el desorden de la casa. Esperó a que se despertara y en cuanto la vio procuró animarla pero esa no iba a ser una tarea fácil. Ante él se presentaba una mujer cuya vida había sido destruida en cuestión de segundos y que era incapaz de ver un futuro promisorio. Con paciencia la atendía y cuidaba. La mirada esquiva de Rocío era muy triste. Ya no soltaba las terribles frases de la noche anterior, simplemente destilaba una honda  pena  que provenía de lo más profundo de su alma.

 

Los días transcurrían  uno a uno. Con la misma rutina, Andrés encargándose de ella  dejándola en casa, victima de sus pensamientos, y regresando lo más pronto posible para atenderla esperando la hora de dormir. La paciencia de Andrés rindió frutos al quinto día, en el cual un agotado Andrés amaneció encontrándose con una Rocío viva. Ella le agradeció con un fuerte abrazo. Ella pensaba ahora que quizá aún había algo de amor en el mundo para ella, que su novio hubiese deseado que ella fuera feliz y que ahora ella continuaría con su vida.

 

Marcelo era el dueño del taller mecánico donde trabajaba Andrés y había escuchado la conversación hasta en su más íntimo detalle. Aún no podía salir de su asombro, definitivamente él tenía que sacar provecho de esta situación. Una chica con el poder de convertirse en moto, ¿para qué le podría servir? Sin duda era un talento sin comparación, algo mágico que aún no  comprendía del todo. Quería saber más, mucho más pero sus opciones eran un tanto limitadas.

 

Lo primero que haría sería tener a Andrés cuidadosamente bajo la mira, él era su  mejor contacto con la criatura. Aunque por estos últimos días no se quedaba mucho tiempo en el taller. Segundo, iría a la estación de policía para averiguar más sobre el accidente, más sobre la misteriosa joven. Indagaría acerca de su pasado, de los detalles de aquel accidente, Marcelo estaba desesperado por obtener más información, por obtenerla a ella.

 

Esos días resultaron infructuosos para Marcelo. Nadie había escuchado o visto algo semejante. Los detalles eran ínfimos y la información relevante había sido archivada. Su cacería perdía fuerza. Aunque el sabía que algo aparecería.

 

Por la mañana, Andrés se encontraba con un ramo de rosas rojas, una estúpida sonrisa en su rostro y unos nervios que lo consumían por dentro, esperando pacientemente a que Lorena le abriera la puerta de su casa.

 

Algo de un cuarto de hora más tarde, la furia de los ojos verdes centelleaban frente al desgraciado tembloroso.

 

-         Mi amor, he estado pensando mucho en lo que me dijiste y por supuesto que sabes que te escojo a  ti, a ti por sobre todas las cosas.

 

Lorena tomó el ramo entre sus manos y tan pronto como sus dedos se deslizaron por el terciopelo de los pétalos rojos, una sonrisa adornó su rostro.

 

- Son dos rosas por cada día que estuvimos alejados. – dijo él en tono suave y con actitud suplicante.

 

Lorena estaba perdidamente enamorada de Andrés. Ella le hubiera perdonado mil cosas más que lo sucedido. Aún así intentaba castigarlo sin lograrlo.

 

-         Pasa. Estaba por darme una ducha, pero aún no te has ganado el derecho a acompañarme- dijo sonriendo.- Aguarda unos minutos, te amo. – dijo ella rindiéndose a él con esas palabras.

 

Esos minutos eran exactamente lo que Andrés necesitaba. Velozmente comenzó a hurgar entre la ropa de su novia, el sabía de una caja donde Lorena guardaba toda la ropa que le habían obsequiado a lo largo de los años, ropa que ella detestaba y que no extrañaría. Una vez que la encontró, Andrés guardó las prendas como pudo dentro de su bolso y esperó a su novia, sentado en la cama.

 

-         Espero que no haya demorado demasiado- dijo Lorena, mientras salía del baño.

-         Bueno, amor, en realidad ya me tengo que ir, se me hará tarde para el trabajo. – dijo él anticipando las intenciones de Lorena y su cuerpo desnudo.

-         Que pena, pensé que podíamos compartir un momento juntos, quizás que llegues unos minutos tarde no importara- exclamó la joven, mientras recostaba su cuerpo húmedo contra el de su novio.

 

Andrés la apartó con delicadeza.

 

-         Lo siento mi amor, debo irme, nos veremos esta noche si quieres.

-         Está bien- respondió ella, por completo decepcionada.

 

En realidad, la prisa de Andrés no se debía al trabajo, sino al imperioso deseo de estar nuevamente con su bikegirl. Aún no se lo había dicho, pero ese era el apodo que había ideado para ella.  Rocío era demasiado exótica, misteriosa, suprahumana, como para poder alejarse de su lado. Sabía que lo que estaba pensando no era correcto, pero sí inevitable. Una atracción distinta a cualquier otra que hubiera sentido antes.

 

 

Cuando llegó a su casa, Andrés dejó caer pesadamente el bolso a su lado. Llamo a Rocío pero ella no contestaba. Al pasar a la habitación la encontró pero en forma de moto. Ya la había visto convertirse anteriormente, cuando estaba dormida. Esa era una de las cosas que quería preguntarle. Intentño despertarla cuidadosamente, pasando su mano sobre ella, pero no recibió respuesta. Sus manos se deslizaban una y otra vez,  las caricias aumentaban y la respuesta era nula. Aprovechando el momento el la montó, e intento arrancarla pero tampoco obtuvo respuesta. Quizá necesite combustible pensó él.

 

Tuvo que subirla a la camioneta. Luego de asegurarla bien partió velozmente al taller. Era un día de trabajo duro. Muchas cosas pendientes y del momento. Rocío permanecía cubierta y a un lado del taller, sin dar mayor señal. Llegaba la tarde y verla así ya le resultaba preocupante a Andrés. ¿Sería que nunca más iba a despertar?

 

Faltaba poco para la hora de salida. La lona se sacudía levemente. Andrés dejo la llave de tuercas a un lado. Se acerco a Rocío y la descubrió discretamente. La boca entre abierta y los ojos dilatados no eran suficientes para demostrar la sorpresa de lo que veía. Ella se encontraba forcejeando. Su cuerpo era una mezcla de metal y piel. La forma híbrida.

 

Rocío se sorprendió un poco al ser descubierta, aún sabiendo que Andrés era el único presente.

 

-         Estoy atascada – dijo ella

-         ¿Puedo hace algo?

-         No por ahora. Necesito algo de tiempo. Solo cúbreme con la lona.

 

Marcelo se acercaba y husmeaba a Andrés sin que este último se diera cuenta. El escuchó levemente la voz de la chica. Era imperioso verla. Inmediatamente llegó la hora de salida despacho a los demás empleados, los cuales se fueron felices por terminar temprano. Solo Andrés se quedó. Marcelo sabía lo que se traía entre manos y no le preguntó más, simplemente se despidió.

 

Ya solos, Andrés retiraba la lona que cubría a su bikegirl la cual había vuelto a ser una moto.

 

-          ¿Rocío?... ¿Rocío puedes oírme? – preguntaba ansiosamente

 

La respuesta no tardó en llegar. La bikegirl adquiría nuevamente su forma humana. Arrodillada y algo agotada, Rocío permanecía desnuda en el suelo del taller.

 

-         Rocío, ¿estás bien?- preguntó Andrés, mientras ayudaba a la joven a incorporarse.

-         Sí, sí, no te preocupes. Es que aún hay algunas cosas que no te he contado.

-         Vamos a tener que hacer algo con ese de que siempre estás desnuda- dijo Andrés sonriendo, mientras acercaba el bolso que había traído consigo.

-         Es que no tenía nada puesto cuando me transformé...- dijo, ruborizada.

-         Yo tengo la solución a tu problema, Lorena gentilmente decidió prestarte algo de su ropa, son prácticamente de la misma talla así que no creo que haya problemas.

 

Mientras se vestía, le contaba a su nuevo amigo aquellos detalles que había dejado de lado.

 

-         El asunto es que no puedo controlar mi transformación todo el tiempo. La mayoría de las veces es mi elección consciente, pero a veces se me sale de control y me transformo en los lugares más inoportunos.

-         Debe haber alguna manera de solucionar eso- dijo Andrés, pensativo.

-         Si la hay... – dijo Rocío sin terminar la frase y mordiéndose los labios.

-          ¿Y cual es? ¿puedo ayudar en algo?

-         Es una llave… mi llave. Nunca supe bien como funcionaba, aunque mi novio sí logro saberlo. Hay cosas que alteran el estado de la llave y cuando eso sucede simplemente no puedo controlar mi forma.

-         ¿Una llave?- Andrés estaba intrigado.

-         Sí, con ella se mantiene las cosas tranquilas.

-         ¿Sabes donde podría estar esa llave?

-         No. Sé que desapareció el día del accidente. Ningún investigador la mencionó, hasta donde yo recuerdo.

-         Y ¿como te sientes ahora?

-         Mejor. Lo que haya sucedido terminó. – contestó Rocío a la vez que se movía probando su nueva ropa. – Gracias por la ropa.

-         No es nada. Esa llave que mencionas ¿es necesaria para que funciones en forma de moto? Digo si fuera…

-         No, no es  necesaria, yo puedo hacerlo sola. Y antes que lo digas, sí sé que intentaste montarme por la mañana.

-         Sólo fue una prueba.

-         No es necesario que te disculpes. Lo entiendo.

-         Sólo es que…

-         Andrés. Soy mitad moto. Buena parte de mi tiempo lo he pasado siendo montada por algún hombre. No solo mi novio sino alguno que otro amigo de él. En cierta forma es mi función natural. Lo único que pido es que seas amable y tengas cuidado – explicó ella mientras su dedo índice tocaba la frente de Andrés.

-         Muy bien, entendido. Entonces porque no encendías.

-         Como toda máquina necesito combustible. Sin combustible no hay arranque.

-         Y ¿que gasolina usas? Supongo que de alto octanaje.

-         Es un combustible especial y que me lo brindaba mi novio.

-         Y yo…

-         Por ahora dejémoslo así. Tengo hambre. He pasado un largo ayuno y lo que he comido en los últimos días no ha sido suficiente.

-         Bueno yo…

-         No lo tomes personal. Reconozco que lo poco que he comido se ha debido a mi poco apetito. Pero eso se acabó.

-         Te puedo invitar a un lugar en donde se come muy bien.

-         Sería muy amable de tu parte.

 

Andrés cerró el taller y se fue con Rocío. Ninguno de ellos se imaginaba que su charla había tenido nuevamente un testigo no invitado.

 

-         Me imagino que sería tu novio quien poseía la llave. – le comento Andrés a Rocío mientras ambos comían gustosamente.

-         Así es, el asunto es que ahora no sé dónde está y eso me preocupa un poco.

-         Yo no me preocuparía por eso, nadie sabe de tu existencia, incluso aunque encuentren la llave no sabrían que hacer exactamente con ella.

-         Sí, supongo que tienes razón.

 

La noche transcurrió con una charla amena y trivial. Ambos terminaron de cenar. Hacía meses que Rocío no se divertía, meses que parecieron años.

 

-         ¿Qué te parece si tú y yo regresamos a casa? Ambos necesitamos descansar.

-         Me parece una excelente idea.

 

El camino solo sirvió para extender más la diversión del restaurant. A los ojos de Andrés, el brillo de Rocío crecía a cada momento. “Lorena”, pensó él. Días alejados, sin ir a verla en la noche de reconciliación. En su cabeza se asomaba un atisbo de preocupación. Una sonrisa de Rocío se encargo de despejarla.

 

Una nueva mañana había comenzado y mientras Andrés se estaba vistiendo le dijo a Rocío:

 

-         ¿Sabes lo que estaba pensando?

-         No - respondió Rocío, mientras peinaba su larga cabellera negra.

-        Voy a ver si te consigo un trabajo. No prometo algo seguro pero…

-        ¡Eso sería genial!- exclamó Rocío mientras abrazaba a Andrés.- has sido tan generoso conmigo, dame unos minutos que te acompañaré con el desayuno.

 

Andrés observaba complacido como Rocío daba brincos de niña feliz. El sólo hecho de verla así era suficiente recompensa. Todo valía la pena por ella, sin duda alguna.

 

 

Muy temprano, el timbre de la casa comenzó a sonar insistentemente. Andrés fue a la puerta y quedó pasmado al ver que del otro lado se encontraba Lorena. Recostándose en la puerta observó a Rocío.

 

-          Es Lorena – pronunció Andrés con sus labios pero sin emitir sonido alguno.

-          ¿Lorena? – contesto Rocío también en silencio.

 

Andrés asintió con la cabeza lentamente. Rocío miraba la habitación de un lado a otro, ella no debía de estar allí. Pero que hacer, el departamento no era muy grande como para esconderse. Sin pensar en otra opción recurrió al único recurso que tenía y se transformo en medio de la sala. Él quedo perplejo ante la situación, así que solo le quedo continuar con la farsa. Abrió la puerta tratando de poner la mejor cara que sus nervios le permitiesen.

 

-          Hola querido. Ya que tu no me visitas yo decidí venir a visitarte – dijo Lorena a la par que se lanzaba sobre Andrés.

-          Vaya sorpresa. – dijo Andrés con tono vacilante.

-          Perdona que haya venido sin avisarte y a estas horas pero creo que hemos estado muchos días  separados y luego de una reconciliación es buen momento para verse ¿no?

-          Sí claro, mi vida. Ven siéntate.

 

Lorena entro y mientras se dirigía al sofá su mirada no podía desprenderse de la moto que se encontraba en la mitad de la sala.

 

-          La estaba arreglando – dijo Andrés al ver lo intrigada que estaba ella

-          ¿Y las herramientas?

-          Ya las guarde.

-          Y ¿porque la trajiste aquí?

-          Era más cómodo para mí.

-          Ah, claro-dijo Lorena, irónicamente – Tú siempre con tus cosas amor.  Vamos que te llevo al trabajo, traje mi coche

-          No, gracias dulzura. Hoy entro más tarde y… quiero arreglar un par de cosas en mi maquina.

-          ¿No dijiste que  ya habías terminado?

-          Si… y no. Termine con lo que iba a hacer inicialmente pero aparecieron nuevas cosas.

-          Yo la veo perfectamente.

-          Son cosas internas.

 

La intuición de Lorena la impulso a darse una vuelta por el departamento. El cual revisó rápidamente pretextando buscar algo olvidado.

 

-          Muy bien, perdona por haberte interrumpido.

-          No hay problema linda. Nos podemos ver mañana – dijo él mientras plantaba un beso en la frente de su novia.

-          Lo mismo dijiste para ayer. – exhalo Lorena con voz ahogada y dejando la puerta tras de si.

 

Andrés salió tras ella y la acompaño, más interesando en despacharla  que en aclarar lo sucedido.

 

Para Lorena el gusto de Andrés por las motos estaba llegando a un exceso. Era como si la hubieran dejado de lado por esa cosa.

 

“Algo raro esta sucediendo” – se decía ella mientras encendía el coche – “es absurdo tener celos de una moto”.

 

Juan veía, desde su escritorio, a la joven que venía por el puesto de anfitriona. Lo pensó un breve instante: ya se habían presentado dos candidatas más, pero ninguna como esta. Rocío mostró su sonrisa esperando terminar de convencer al dueño de la concesionaria, pero fue en vano pues para cuando lo hizo  ya él había tomado una decisión. La contorneada figura, la larga cabellera y el bello rostro habían hecho de Rocío, la elegida para el puesto.

 

-          Y ¿cuando comienzo? – pregunto ella con tono emocionado.

-          Ve a la tienda y le pides a la jefa que te de instrucciones.

-          Muy bien. – contesto a la vez que se despedía.

 

Andrés tenía un día muy ocupado en el taller, Marcelo no estaba y todo era un desorden, se preguntaba como le habría ido a Rocío con el trabajo.

 

-          De acuerdo a los registros, la investigación se dio por concluida  hace un par de meses.

-          Y ¿Dónde puedo revisar las cosas o… los restos que quedaron del accidente?

-          A ver: los restos de la moto fueron deshechos como chatarra, las posesiones de la chica entregadas a sus familiares y las del chico permanecen en el archivo.

-          Y ¿hay forma de que pueda entrar al archivo?

-          No, no hay forma. Es un área restringida.

-          Solo busco unas llaves que…

-          No señor, no se puede.

-          Bueno y ¿si el que busca es un policía? Digamos que usted…

-          ¿Perdón?

-          Tan solo planteo una situación hipotética. En la cual usted podría ayudarme a recuperar algo de un caso cerrado, en el que nadie más esta interesado. Obviamente sabré agradecer tal ayuda.

-          ¿Un agradecimiento? – contesto el vigilante con un tono de interés pero sin entregarse por completo.

-          Digamos que un agradecimiento de tres cifras.

-          Mmm… si tanto requiere de tal ayuda. Quizá podría hacer algo al respecto. Regrese en dos días y veré que se puede hacer.

-          Muy bien, volveré.

 

Durante el almuerzo, Andrés se dio una vuelta por la tienda esperando ubicar a Rocío pero no la encontró. Antes de la salida volvió a la tienda y lo único que le dijeron es que al día siguiente llegaría la nueva anfitriona. Él regresó a casa cansado pero ansioso por conocer la suerte  de ella. Tras abrir la puerta del departamento, su pregunta obtuvo respuesta. Rocío vestía el traje que le habían dado en la concesionaria, el cual ella sabía lucir muy bien. Ambos se abrazaron, felices por el nuevo trabajo. A ella no se le ocurrió mejor forma de celebrar que preparando una apetitosa cena.

 

Luego de ponerse cómodos ambos se sentaron a la mesa. Andrés no dejaba de maravillarse, la comida estaba exquisita. Él se sentía atraído, era algo repentino único como ella. Ambos charlaban sin parar. Hasta que en un momento…

 

-          Y ¿qué se siente?

-          ¿Sentir?

-          Lo de convertirse en moto, digo… debe ser raro convertirse en un objeto.

-          Mmm... es distinto. Nunca lo vi así, quizá al principio pero en verdad no lo pensé. Yo lo hice por amor, por mi voluntad. Gastón siempre me trato bien. Hubo momentos en que me sentí rara… no se. Pero siempre me reconfortaba saber que  él era feliz.

-          Entonces ¿solo era por él?

-          Inicialmente sí, pero luego le encontré el gusto. Ir a gran velocidad por las pistas, ser admirada también es una buena forma de evitar a los indeseados. Finalmente lo asumí como parte de mí, por eso no me siento como una cosa cuando me transformo sino que es como si cambiara de cuerpo, sigo siendo Rocío pero de otra forma.

-          Y ¿la llave?

-          La llave, uff. Esa es la única parte que siempre me inquieto, incluso cuando la tenía Gastón. Él l procuraba no usarla conmigo, a veces se tenía que usar para guardar las apariencias o simplemente para mantenerme activa.

-          ¿Si?

-          La llave puesta es el único momento en que siento que dejo de ser yo. No es que deje de ser yo sino que pierdo el control de mi misma  y quedo a merced del que me este usando. Incluso puedo dormirme y aún así pueden usarme. Es como estar atrapada dentro de mi misma.

-          Suena terrible.

-          Y lo es, por eso le temo tanto.

 

Luego de una noche llena de felicidad y revelaciones. Ambos decidieron irse a dormir pues mañana era día de trabajo.

 

Andrés y Rocío fueron a la concesionaria juntos aunque llegaron por separado. “E mejor no dar una  imagen errada”, dijo ella sin saber que la mente de Andrés estaba llena de sentimientos encontrados.

 

Marcelo revisaba los papeles del día anterior, tenía que ponerse al día con el trabajo. Sin embargo su ausencia había valido la pena. La llave era un primer paso pero necesitaba más. ¿Como usarla? ¿que plan?, eran algunas de las preguntas que le pasaban por la cabeza. Tenía mucho que pensar y el trabajo no dejaba de atosigarlo. Durante uno de sus recorridos por la concesionaria se topo con ella, la cual no sabía quien era él pero el si que la conocía. Se preguntaba que hacía en la tienda. Al parecer trabajaba allí. Más tarde intentaría acercársele.

 

     Luego de un arduo día de trabajo, Andrés y Rocío se fueron juntos. La mirada esquiva de la joven, intentaba esconder sus secretos propósitos, pero Andrés, a pesar del poco tiempo que había compartido con ella, ya la conocía muy bien.

 

-         Dime que es lo que tienes en mente.

-         ¿Soy tan transparente?

-         Pues sí- dijo, sonriendo.

-         Quiero ir a dar un paseo.

-         Ese no es problema, ven, subamos a la camioneta y vayamos al parque, el sol está por ocultarse y será hermoso verlo, sentados tranquilamente en el verde césped.

-         Me agrada mucho esa idea.

 

            Cuando finalmente llegaron al parque, comenzaron a caminar, lado a lado, sin decirse una sola palabra, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Rocío estaba muy triste, ya que la suave brisa que la envolvía la invitaba a dirigirse hacia la libertad, hacia la velocidad.

 

-          Necesito pedirte algo- dijo ella

-          ¿Qué es?

-          Es algo fuera de lo común, pero no quiero que eso altere las cosas entre nosotros.

-          Si es algo que pueda darte gustosamente lo daré.

-          Necesito combustible, energía para funcionar como motocicleta.

-          Muy bien, solo dime como lo consigo y te lo traeré de inmediato.

 

Rocío cogió la mano de Andrés y lo llevo tras unos arbustos, buscando algo de discreción. Ella se desvistió ante un maravillado Andrés, él cual ya la había visto desnuda pero no en circunstancias como las de ese momento. Rocío desabrocho los pantalones de Andrés y, antes de terminar de liberar su masculinidad, le dio la espalda para arrodillar en el húmedo pasto.

 

-          Necesito de tu semen. – dijo una vacilante Rocío.

 

Andrés no hizo pregunta alguna, solo se termino de bajar los pantalones mientras veía como Rocío adoptaba esa forma híbrida que mostraba sus carnosas y firmes nalgas. La primera entrada de Andrés fue casi animal. Ella lo sitió hasta lo más profundo de su ser, sabía que no podía pedirle que simplemente le dejara su esperma, sabía que debía darle algo a cambio, algo que también sirviera de agradecimiento a tolo lo que él había hecho por ella. Él no pensaba en nada que no fuera tenerla entre sus brazos. La penetro una y otra vez, sus manos se deslizaban por el curvilíneo cuerpo buscando los espacios de trémula piel. Rocío aceptaba pero no se entregaba a él. Su resistencia fue decayendo a medida que él la besaba y acariciaba. La espalda, el cuello, la boca. El momento había hecho aparecer entre ambos algo más que sexo y pasión.

 

Ella era muy estrecha y apretaba su miembro con embriagante fuerza, los gemidos que se  escapaban libres de los labios entre abiertos de Rocío solamente servían para que la excitación de Andrés creciera sin control. Pronto una explosión de sensaciones los invadió. El calido esperma se deslizaba en el interior de ella, encendiendo sus entrañas, las cuales habían permanecido apagadas por mucho tiempo.

 

-          Acelérame, por favor -  llego a decir una agónica Rocío.

 

Andrés la atendió y dejo ir al momento que ella se desprendía de él. Dando unas vueltas de felicidad, la bikegirl volvía a andar. Ella regreso a él luego de algunos minutos. Ya humana, ya conciente del momento que los unía, ya suya.

 

No podían quitarse los ojos de encima, caminaban casi a los tropiezos, perdidos entre tantas miradas de cariño. Cuando estuvieron dentro de la casa, Rocío sumisamente fue a la cochera, preparada para convertirse en moto de nuevo, pero antes de que diera comienzo a su transformación, Andrés la apretó entre sus brazos y la besó por mucho, mucho tiempo.

 

Ambos estaban dispuestos a dormir, había sido un día repleto de emociones y cambios para ellos, sin embargo, cuando estuvieron prestos a entregarse a los velos del sueño, Lorena volvió a apuñalar el timbre de la casa.

 

-         Hola- dijo Andrés, secamente, al ver a la joven que ahora se había transformado en un problema que debía solucionar.

-         Hola mi amor, perdona que haya venido tan tarde.

 

Con un leve empujón a su novio, retiró a Andrés del umbral y Lorena se invitó al interior del  hogar. Su mirada paseaba por las despintadas paredes que ya estaba aburrida de ver. Sigilosa se dirigió hacia la cochera, seguida por un nervioso Andrés.

 

Lorena comenzó a deslizar su mano por la moto, debía admitir que era muy rara, que jamás en la vida había visto una maquina como aquella, pero esa no era excusa suficiente para ser presa de una obsesión tan patética y sin sentido. Así que dejó caer el sobretodo que la cubría, debajo de éste estaba por completo desnuda. Se posó sobre la moto y miró a Andrés, invitándolo a poseerla.

 

-         Mira cariño, ahora no es un buen momento, estoy muy cansando...

 

La joven hizo oídos sordos a la negativa, le dio la espalda a su novio y apoyó sus manos firmemente sobre la moto, mientras contoneaba sus caderas como una gata en celo.

 

-         Siempre te ha gustado hacérmelo por atrás, ¿estás seguro que le quieres decir que no a esto?

 

Andrés tragó saliva, en lo único que podía pensar era en lo incómoda que debía sentirse Rocío en aquel instante. ¿Por qué le tenía que suceder esto? ¿por qué hoy, cuando acababa de compartir con Rocío el mejor momento de su vida?

 

Desesperado, caminó con paso firme hacia Lorena, la tomó del brazo y bruscamente la apartó de la moto.

 

-         Está recién lustrada, la estás estropeando- dijo, fríamente.

 

Lorena observaba a Andrés indignada, no podía entender lo qué estaba sucediendo, parecía una pesadilla. ¿En verdad a su novio le importaba más una estúpida moto que tener sexo con ella? Permaneció petrificada por varios segundos, intentando encontrarle algún sentido a lo que le estaba ocurriendo. Sin decir más ella recogió el sobretodo del suelo y se dispuso a marchar, cerrando la puerta violentamente tras de sí.

 

Marcelo salió muy temprano aquella mañana. Parado frente al depósito, esperaba al vigilante para saber el resultado de su encargo. Ni bien lo vio lo abordo para preguntarle. El asunto fue rápido y lo más discreto que se pudo. Marcelo entro a la oficina y revisó la caja que el vigilante había puesto frente a él. Todo puesto en bolsas  y con etiquetas. La llave estaba ahí, torcida y arañada pero perfectamente identificable. Luego de “agradecer” la ayuda del vigilante, Marcelo dejo aquel lugar, feliz por su logro pero aún dudoso con respecto a que paso seguir.

 

Lorena había quedado más que afectada con lo sucedido la noche anterior. Tenía que aclarar esta situación de una vez por todas. La una explicación era que debía haber otra mujer. Lo de la moto era imposible de pensar, era loco, raro, insano.

 

En su oficina, Marcelo jugaba con la llave, pesando que hacer con ella.  Ya estaba llegando la tarde y su obsesión no le dejaba pensar muy bien. Al verla torcida intento enderezarla con algunos golpes de martillo. Rocío se sentía rara, pequeñas pulsos atravesaban su cuerpo. Mientras dejaba a un par de clientes sintió como sus manubrios luchaban por brotar de su espalda.

 

-          Andrés necesito de tu ayuda. Voy camino al taller. – dijo Rocío ni bien Andrés tomo el anexo.

 

Ella caminaba lo más rápido que podía mientras evitaba llamar la atención del resto de los empleados. Pero sus pasos se entorpecían mientras su cuerpo se ponía rígido. No había tiempo de desvestirse, no había tiempo de buscar un lugar aislado. Rocío se lanzo detrás de unos paquetes y dejo que la transformación siguiera su curso.

 

Andrés dejo lo que estaba haciendo para ir en busca de Rocío. En la tienda no supieron darle razón de ella. Él recorrió lentamente el camino de regreso, buscando señales de su bikegirl. Ahí estaba, la había encontrado, tendida en el suelo. De inmediato le retiro las raídas ropas que tenía encima y la comenzó a trasladar hasta el taller, donde la mantuvo hasta el fin del día. Cuando estaba dispuesto a marcharse, de nuevo Lorena apareció en su camino.

 

-         Andrés, tenemos que hablar.

-         Ahora no puedo, debo marcharme.

 

            Lorena lo asió de un brazo y lo obligó a detenerse.

 

-         Esto no se va a quedar así, tú no puedes usarme de esta manera, lastimarme, ignorarme, ¿quién rayos te has creído que eres? ¡Y encima de nuevo con esa moto a rastras!

 

            Marcelo salió de su oficina, atraído por el escándalo. Andrés incomodo, prefirió marcharse sin  decir ni una palabra. Se montó en Rocío y ambos se alejaron más veloces que un relámpago.

 

            Lorena quedó con sus brazos cruzados sobre su pecho, intentando con todas sus fuerzas controlar su llanto

           

-         Esa maldita moto...voy a destruirla- dijo, por lo bajo.

 

            Marcelo la escuchó, la había reconocido, era la novia de Andrés. Se acercó a ella, colocó su mano sobre el hombro de la chica en un gesto comprensivo.

 

-         Entiendo tu frustración, Andrés hace días que está obsesionado con esa maquina- exclamó Marcelo.

-         Es que no lo entiendo- las lágrimas se deslizaban despacio por su rostro.- Prefiere estar con esa maquina antes que conmigo.

-         No llores, no vale la pena. En esta vida no hay nada que no tenga solución. Ambos tenemos un interés en esa moto. Tu quieres deshacerte de ella y yo puedo quitártela de encima así que hagamos una cosa. Esta es la llave de la moto de Andrés - dijo Marcelo, extendiendo la llave hacia Lorena.

-         ¿Y?

-         Mañana temprano ve a la casa  de Andrés y róbala. Yo distraeré a Andrés y luego nos encontraremos en un lugar convenido.

 

            Los ojos de Lorena brillaron de anticipación mientras sostenía la fría llave en su mano. Durante horas planearon cuidadosamente lo que harían y Lorena regresó a su hogar feliz, finalmente se convertiría en lo más importante de la vida de Andrés, aunque tuviera que recurrir a algo tan bajo como lo que iba a hacer.

 

 

-          Sí, estaré allí en seguida. – dijo Andrés antes de colgar el auricular.

-          ¿Vas a salir? – pregunto Rocío

-          Es cosa de una hora. Marcelo me ha llamó para ver un asunto en el taller.

-          Pero si es domingo.

-          No demoraré mucho.

-          ¿Te puedo acompañar?

-          No te preocupes. Tú prepárate para el paseo de más tarde.

-          Bien. No demores.

-          Volveré lo más rápido posible.

 

           Rocío regreso a la cama, estaba exhausta, anoche habían paseado hasta muy tarde.

 

Andrés partió en su camioneta, rumbo al taller, pensando en lo bien que la pasaría el resto del día. Que cosa tan urgente podía necesitar Marcelo en un día como hoy. No era la primera vez que Marcelo llamaba personal un día domingo, pero las ocasiones eran raras, usualmente clientes antiguos del concesionario. Él pensaba en la mejor forma de terminar con Lorena. No era justo para ninguno de los dos mantener una relación que ya no funcionaba desde antes, la aparición de Rocío tan solo había precipitado las cosas.

 

            Lorena aguardaba escondida en la acera de enfrente, esperando a que la camioneta de Andrés abandonara la cochera. Una vez que se cercioró de que la camioneta estuviera bien lejos de su hogar, Lorena fue a la casa de Andrés. Como tenía un juego de llaves que él le había dado hace tiempo, fue sumamente sencillo entrar.

 

            Rocío estaba envuelta entre las celestes sábanas cuando escuchó los pasos. Al principio no se inquietó, convencida de que debía ser Andrés, pero cuando escuchó la voz de Lorena , que estaba  pensando en voz alta, lo único que atinó a  hacer fue transformarse.

 

-         ¡No lo puedo creer!- exclamó Lorena, absolutamente sorprendida de haber encontrado la moto en la cama de Andrés- Pero esto es una locura, ¡la maldita hasta tiene su propia habitación! Esto es demasiado.

 

            Lorena bruscamente quitó la moto de encima de la cama, la apoyó en el suelo y furiosa colocó la llave. Rocío estaba aterrada, ahora sí que había perdido todo control sobre sí misma. Una vez en la calle, Lorena se montó encima de ella y se dirigió veloz hacia la cabaña de sus padres, el lugar perfecto para destruir a la maldita que obsesionaba a su novio. No tenía caso entregársela Marcelo, que podía ser tan atractivo en aquel montón de metal que atrajera tanto a los hombres.

 

            Luego de una hora, Andrés ya había finalizado la reparación. Corrió hacia su camioneta y prácticamente en una rueda condujo de regreso a su hogar. Estaba a punto de guardar la camioneta en la cochera cuando su vecina, una simpática ancianita, se acercó a saludarlo.

 

-         ¿Cómo está doña Lucía?

-         Muy bien, muy bien. Muchas gracias por preguntar. Me alegra saber que las cosas con Lorena estén bien.

 

            No sabía por qué, pero aquellas palabras le produjeron a Andrés un escalofrío.

 

-         ¿Ha visto a Lorena por aquí?

-         Sí, hace un poco más de una hora, se fue en una moto muy bonita.

 

            Andrés no necesitó escuchar más, tan rápido como había descendido, regresó a su camioneta  y la puso a andar. Por varios minutos se debatió desesperado sin saber dónde podría estar Rocío, de pronto, recordó lo mucho que Lorena amaba la cabaña de sus padres y pensó que esa era su mejor opción, decidido, se lanzó en esa dirección.

 

            Ni bien llegaron a la cabaña Lorena desmonto y se dirigió al interior. Rocío entro en pánico, hasta donde podían llegar los celos de aquella mujer. Ella luchaba por liberarse pero era imposible, la llave no le permitía hacer cosa alguna. El pánico se transformo en terror cuando vio a Lorena salir con varias herramientas en mano.

 

            El primer golpe fue duro pero no tanto como los que siguieron. Rocío podía sentir con indescriptible dolor como su cuerpo era atacado salvajemente por aquella malvada mujer. La impotencia ante su sufrimiento la estaban enloqueciendo. Lorena desmontaba las partes de Rocío y las machacaba una a una con una crueldad única. Rocío albergaba la pequeña esperanza de que Andrés llegara a salvarla de tal martirio.

 

-         Veremos para qué sirve esto- dijo Lorena, mientras, que  sin saberlo, sostenía ente sus manos la cabeza de Rocío.

 

            Inmediatamente después de aquel golpe, Andrés apareció en su camioneta. Prácticamente se lanzó fuera del vehículo y corrió hacia donde su amor estaba siendo cruelmente destrozada.

 

            De un empujón apartó a Lorena y comenzó a reunir las piezas una a una, mientras su corazón se destruía ante la desolación haber perdido a su verdadero amor. Lorena, al observarlo tan desolado, tan triste, tan desesperado, intentó acercarse a él, pero él no le permitió que diera ni un sólo paso.

 

-         Quédate ahí, monstruo. No quiero volver a verte nunca más en la vida, para mí estás muerta, ¡Muerta!

 

            Lorena se quedó de pie dando rienda suelta a sus lágrimas, ante ella el amor de su vida estaba sufriendo y ella era la única culpable.

 

-         Sólo quería que me dieras tu atención- susurró apenas, una arrepentida Lorena.

-         ¿Eres tan ciega? Nuestra relación ya estaba lo suficientemente desgastada y es todo tu culpa, siempre asfixiándome, siempre inmiscuyendote en mis cosas, quitándome todo el espacio. Y ahora esto, jamás vuelvas a cruzarte en mi camino.

 

            Cuando Lorena quiso colocar su mano sobre el hombro de Andrés, él la retiró furioso. Ella sabía que ya no tenía ninguna oportunidad, había perdido a su novio por su necedad.

 

-         No dejes de amarme, por favor- suplicó, de rodillas, humillada, desesperada.

-         Es demasiado tarde para eso- resonaron las gélidas palabras de Andrés que se encargaron de terminar con cualquier esperanza.

 

            Lorena simplemente se alejó, culpándose por haber sido tan tonta, abandonando a Andrés con su desgracia, ignorante por entero de la atrocidad que había cometido.

 

§

 

-          Que preciosidad. ¿Es tuya? 

-          Sí, es mía y es única.

 

           Andrés sonreía mientras los asistentes a la convención de motociclistas halagaban a su nena. Le había tomado mucho tiempo repararla pero eso no importaba, lo que le importaba es que la tenía de vuelta, lista para sentir la velocidad, el viento y la libertad de ir por las pistas.

 

            De rato en rato Rocío rugía en señal de felicidad. Es cierto, ya jamás podría convertirse en humana, ni siquiera en híbrido, pero al menos estaba junto a Andrés, su maravilloso Andrés... Y eso era mucho más de lo que hubiera podido soñar.




Fin

 

 



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